La paciencia de mi papá

junio 13th, 2016 Autor: Merari

 

“La paciencia es un ejercicio de amor, fe, y humildad que hace crecer a las personas”.

Nosotros somos ocho hermanos, la mayor se llama Rodes, después nació Suni, la tercera soy yo, Merari, Liccy la cuarta, Milca la quinta, el sexto Roberto, séptimo Arturo y por último Orfa, la pequeña. Mi papá ya era bastante mayor cuando nació mi hermanito, el más pequeño de los varones.  Así que su nacimiento puso eufórico a mi padre. Cuando aprendió a caminar  él lo llevaba a todas partes. Siempre andaban juntos, tomados de la mano.  Algunas personas en la calle le gritaban: “¡Cómo se quieren a los nietos! Y él, radiante, seguía con su niño.  Los dos se entendían a las mil maravillas.  Le contestaba todas las preguntas, de esas que inquietan a un pequeño, y ese padre paciente le daba unas buenas y largas explicaciones.  Aquel niño con hambre de saber se las bebía con el mismo gusto que el sediento que bebe un vaso de agua fría para mitigar su sed.  Así iba creciendo el niño y adquiriendo conocimiento.  SS. Francisco dijo: “La caridad, la paciencia y la ternura son un gran tesoro.  Quien lo tiene, lo comparte con los demás”.

Aquel hermanito nos despertó a todos el deseo de quererlo y cuidarlo.  Cuando todavía no sabía hablar, le llamaba a todo “lepe”, y cuando quería diferenciar a lepe de otra cosa, lo llamaba “lepa”.  Él nos alegraba a todos. Patinaba como una persona mayor. Sabía deslizarse increíblemente.  Aquellas eran unas buenas horas de expansión. Era travieso, siempre recordaremos cuando, no sé cómo, agarró una lata de lusbrillante y tomó un poquito.  Todos pensamos que se moría.   Mi mamá elevó una oración, suplicando misericordia, al que todo lo puede y la respuesta divina no se hizo esperar, enseguida vomitó lo que había ingerido.  ¡Cuántos milagros recibimos de Dios en los hogares donde hay padres llenos de fe! Los niños, en su inocencia se exponen constantemente al peligro.  Verdad que es el ángel de Jehová que los defiende y cuida.  Nunca dejen de presentar ante Dios, a sus hijos, porque Dios vela por ellos.  Nosotros, por más cuidadosos que seamos, no podemos abarcar todos los peligros que ellos mismos se buscan.  En el Salmo 127.1 leemos: “Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican.  Si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guarda”.

Continuará…

 

Mis padres

junio 6th, 2016 Autor: Merari

Cómo me maravilla todavía pensar, que en medio de tanta escasez, mis padres se la ingeniaron para resolverlo todo, era increíble, desde hacer los colchones de las camas y los asientos de la casa; hasta los vasos de cristal de la cocina, los hacían de las botellas de refrescos.  Le amarraban una soga fina por donde lo iban a cortar y lo ponían dentro de una olla con agua hirviendo, seguidamente, en agua fría, y así se cortaba perfecto. Preparaban mosquiteros que ponían en cada cama para que los mosquitos no nos picaran. Mi papá hizo la meseta de la cocina con cemento y usó varios colores de pinturas dentro del cemento, una belleza. Nosotros ayudábamos a preparar latas con aserrín para cocinar. Había que prensarlas bien, si no, cocinando se nos derrumbaban.

Mi papá era un buen cocinero, mi mamá aprendió con él y yo también.  Me ponía a su lado cuando cocinaba para fijarme bien en lo que hacía y aprender.  Él desplumaba los pollos, los abría y los limpiaba.  Mi mamá nos ponía de vez en cuando a cocinar. En Cuba usábamos reverberos también para cocinar, se enciende con alcohol. A una de mis hermanas se le viró y se quemó un poco la pierna.  Nos dio miedo y demoramos un tiempo para seguir cocinando.  Recuerdo un congrí muy peculiar que elaboraba mi mamá cuando no había arroz.  Ella molía la pasta (spagettis) y la doraba un poquito con aceite, y eso lo usaba como arroz, le quedaba exquisito.    A mí me daba por inventar y preparaba unas buenas tortas de harina, con lo que encontraba.  Mis hermanas me pedían y les gustaban.  Así disipábamos el hambre.  A nosotros no nos gustaba la leche de vaca, entonces mi madre quemaba un poquito de azúcar para echarle y cambiarle el sabor.  Allá en Cuba no había otra alternativa.  Ellos trataban de darnos los gustos de la forma que podían.

Recuerdo una ropita que mi mamá me cosió, que me gustaba tanto que le puse “la sabática”, porque me la ponía todos los sábados.  Seguía usándola por un tiempo hasta que otra muda viniera a  reemplazarla.  Mi papá nos confeccionaba las sandalias.  ¡Cómo me gustaban! Todo era hecho por ellos.

Cuando niña, no recuerdo haberlos admirado por eso, pero al crecer y más tarde tener mi propia familia, pude reconocer a ciencia cierta todo lo que se sacrificaron por nosotros. Me di cuenta de toda su entrega, de su mucho amor, y hoy, ya en mi vejez, puedo darle más valor y apreciar lo que no pude hacer en mis cortos años.  Gracias le doy a Dios por mis padres.

Continuará…

La escuela

mayo 30th, 2016 Autor: Merari

Recuerdo mi tiempo en la escuela, quería mucho a mi maestra, pero era muy tímida para demostrárselo.  En una ocasión por no pedirle permiso para ir al baño, tuve un accidente, ¡ya se podrán imaginar….! Preferí levantarme con la ropa mojada, que alzar la mano para pedirle permiso. Así son algunos niños. Pero era buena alumna y la maestra me quería.

Un día a la hora del recreo un niño comenzó a decirme cosas muy bonitas, yo sentía tanta vergüenza y me puse tan nerviosa al escucharlo, que salí corriendo.  Él me persiguió y aterricé en el patio de la escuela.  Me llevaron a la oficina con las piernas y codos raspados, para que me limpiaran y me echaran yodo, para evitar la infección, no fui capaz de contarles lo que me había sucedido.  Al salir de la escuela, los demás niños comenzaron a molestarme, de tal forma que provocaron a mis hermanas a defenderme.  Tomaron piedras en las manos y… él y sus amigos huyeron.  ¡No quieran ver a unas hermanas preparadas en defensa de la otra!  A mis sesenta y cuatro años, que son los que cumplo ahora, todavía al hacer memoria de esto con mis hermanas, reímos.

A uno de mis hermanos no le gustaba ir a la escuela y así llorando y lleno de aflicción, mi papá se lo llevaba de la mano directo a la escuela, porque si había algo que no toleraba él era que uno de sus hijos faltara a clases.  En mi casa eso estaba prohibido.  Mis padres sabían lo importante que era el estudio, y se los agradezco de corazón.  Después de clases, mi papá nos llevaba a la biblioteca para que leyéramos libros instructivos.   Admiraba la paciencia de mi papá. “La paciencia es el eje moral y el gran secreto de las almas serenas”.

Con ternura de madre nos cuidaba mi papá.  ¡Qué viejo más bueno! En una ocasión me inspiré y escribí acerca de él y lo llamé mi gran roble invencible.

 

Mi Viejo Roble Invencible

Cómo te admiré siempre, viejo roble, por la grosura de tu tronco, por tus grandes ramas, por tus hojas perennes, por tu fuerte madera compacta. Cuántos embates recibirías con tantos años, cuantas embestidas del mal, cuántas tormentas y sacudidas sin poderte mover. Siempre admiré la profundidad de tus raíces. Bajo tu follaje, todo el que se acercaba recibía sombra y protección. Le dabas a todos, con tu fuerza, la alegría del que sabe vivir. Abarcabas como el que sabe que está de pasada, como el que lo comprende todo porque lo ama todo, sabiendo agradecer lo mismo cuando llovía que cuando salía el sol. Admirando lo creado, sabiendo que el Dador de toda buena dádiva tenía una gracia especial para ti. Y tú la recibías como lluvia temprana. ¡Cómo se aprende de los viejos robles! Viendo en cada amanecer una nueva oportunidad del Creador, para bendecir y dar como tú sabías. Desde sonrisas espléndidas y agradables, hasta admirar lo más pequeñito hecho por el Señor. Sabiendo que en todo lo creado hay sabiduría y un plan diseñado trazado para el hombre.

 

Te recuerdo hoy, el día de los padres, pero no con tristeza, sino con satisfacción, sabiendo que tu vida fue una bendición aquí en la tierra. Que prodigaste amor a diestra y siniestra, y que te adelantaste para la otra vida que te espera con el Señor. Y qué estás esperando a los tuyos que tan fielmente supiste conducir por el camino hacia la eternidad. Me dejaste los más preciosos recuerdos de fortaleza y entrega. Dándote para todos y por el bien de todos, conociendo que fuiste roble para cobijar, para dar descanso, para traer tranquilidad, para soñar, para aliviar, para embellecer, para ayudar, para socorrer. Cumpliste excelentemente tu misión. Si hoy tengo que llorar, es de gratitud a Dios por darme mi viejo roble invencible.

Recordando a mi Padre Fermín Mondéjar, en este día especial de los Padres.

 

 

Él dedicó mucho de su tiempo en acompañar a la hija más pequeña, horas interminables, a sus clases de piano, porque no le gustaba que fuera sola.  Nunca lo oí quejarse.  Nos cuidaba como su especial tesoro.  Nos preparaba maleticas para guardar nuestros libros de escuela y que se nos hiciera más cómodo llevar nuestro equipaje.

Mi mamá nos cosía la ropa con la que nos vestía a diario. ¡Qué padres! ¡Sabían hacer de todo! Siempre íbamos limpios y atendidos a la escuela. Muchas veces no teníamos dinero para comprar el almuerzo, pero si ellos conseguían algún centavo, allá se aparecía mi padre a la escuela para comprarnos algo de comer.  Qué alegría nos causaba verlo.  Uno de esos días que no teníamos para comprar la merienda a la hora del recreo, a una de mis hermanas le regalaron una galleta, y ella no fue capaz de comérsel sola.  Recorrió cada aula donde nos encontrábamos, le pedía permiso a la maestra para vernos, y nos daba un pedacito de esa galleta.  Al escribirlo, todavía se me empañan los ojos de lágrimas por esa expresión de amor, de unidad, de compañerismo.  Así éramos, así crecíamos.  Nos apoyábamos, nos queríamos, y entrelazadas en ese núcleo de diez personas, seguíamos cada día venciendo cualquier escollo del camino.

Continuará…

El regreso de mis padres

mayo 23rd, 2016 Autor: Merari

 

Fue muy consolador ver que mis padres regresaban con bien, cuidados por Dios. A pesar de que llegaron sucios, con sus uniformes blancos manchados de tierra colorada, pues la motocicleta que mi papá conducía resbaló y cayeron en  tierra.  Quizá a esa edad nuestra no podíamos entender la magnitud de lo que les sucedió, pero el hecho de verlos llegar bien y sonrientes, satisfechos de haber realizado la obra de Dios ya era muy tranquilizante. Nos contaron cómo oraban por los enfermos y los tremendos testimonios de sanidad divina, como el de una señora que tenía cáncer en la piel, se le había extendido por la mitad de su cara, mi papá le practicó la sanidad divina y a su cara le salió carne nueva, quedando completamente sana.  ¡Qué bello milagro vivido!  Esa era la obra de Jesús.

En Mateo 4:23-24 nos dice: “Y rodeó Jesús  toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el Evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.  Y corría su fama por toda Siria, y le trajeron todos los que tenían mal, los tomados en diversas enfermedades y tormentos, y los endemoniados, y lunáticos, y paralíticos, y los sanó”.  Esa es la obra de un evangelista y la que Jesús nos enseñó.

Ese mismo día, como recompensa por su trabajo, nos llegó por correo un saco de plátanos que mis tías nos mandaron como muchas veces hacían, de Playa de Baracoa.  Esos plátanos se elaboran de muchas maneras, a nosotros nos gustaban muchísimo, como en tostones, en chicharritas, y el muy conocido “fufú de plátanos”. En Salmos 41: 1 encontramos: “Bienaventurado el que piensa en el pobre.  En el día malo lo librará Jehová”.

 

Mi mamá y mi hermana mayor acostumbraban a contarnos lindas historias y nos leían cosas provechosas que íbamos asimilando. Como los niños son como esponjas, que todo lo recogen, esas historias fueron introduciéndose en nuestro tierno corazón; eran buenas enseñanzas que alimentaban nuestra almita pequeña.  Nos hablaban del amor y la buena voluntad para con el prójimo y el desdichado. Esa noche, antes de dormir, recuerdo que nos leyeron unos capítulos de un libro titulado Corazón, y después nos dieron las buenas noches, ya que al amanecer teníamos que ir a la escuela.

Continuará…

 

 

Mi tía Clara

mayo 16th, 2016 Autor: Merari

Clara era una tía muy querida por mí.  A ella le dio la poliomielitis, y esa enfermedad le secó sus piernas, dejándola confinada a una silla de ruedas,  cuando sólo contaba con la edad de dos añitos.  Me apegue mucho a esa querida tía, porque cuando iba a  Playa de Baracoa, estábamos mucho tiempo juntas.  Ella era una fina modista y me confeccionaba unos lindos vestidos. Me encantaba lucir esas preciosas ropitas, sentía que no había otras iguales.  Además, me contaba historias bellas y edificantes; la más hermosa fue la de Jesús, por la que estuve largo tiempo llorando sin consuelo. Siendo tan solo una niña pequeña, comprendí el sufrimiento de Jesús en la Cruz. ¡Cuánto me dolió! Y ese dolor se volcó en amor.  Me enamoré de Cristo, mi Redentor y Dios. ¡Cómo brotan los recuerdos!

Estando tía Clara en mi casa de visita, mis padres pudieron salir a la obra misionera, y ella velaba por nosotros.  Un día no teníamos qué comer y sentíamos hambre.  Pero yo tenía fe en mí Jesús; me arrodillé y le pedí que nos diera de comer, y eso que era una niña extremadamente tímida.  Pero es que el hambre tiene una cara muy, pero muy fea.  Cuál no fue nuestra alegría al escuchar a las vecinas llamándonos, con un grande plato de comida.  La fe… Fe en el corazón de una niña que pide: “mi Dios, tengo hambre, dame de comer”. Alguien dijo: “Tener fe es conducirse por los caminos de la vida de la forma en que un niño toma la mano de su padre. Es que dejemos nuestros problemas en manos de Dios y nos arrojemos a Sus brazos antes que al abismo de la desesperación. Fe es que descansemos en Él para que nos cargue, en vez de cargar nosotros nuestra propia colección de problemas”. “Tener fe es buscar lo imposible: sonreír cuando tus días se encuentran nublados y tus ojos se han secado de tanto llorar”.  “La razón necesita muchas evidencias para arriesgarse, el corazón necesita sólo un rayo de esperanza. Las cosas más bellas y grandes que la vida nos regala no se pueden ver, ni siquiera palpar, sólo se pueden acariciar con el espíritu”.  “La fe es espiritual, no física. Es una confiada certeza que viene del Espíritu de Dios en la mente de un ser humano convertido”.

Mi fe está en un Dios maravilloso que cada día nos sorprende, aunque sabemos que Él es el Dios de lo imposible.

Después de aquel milagro, llegaron mis padres del trabajo misionero.

Continuara…

 

Ya en casa

mayo 9th, 2016 Autor: Rincón de Amistad

Ya estaba en casa.  ¡Qué acogedor! Como ya expliqué, la forma en que me recibieron no podía ser mejor.  Ellos también me habían extrañado mucho.

Era la temporada cuando las matas de mangos estaban cargadas de su fruto delicioso.  El peso de los mangos jugosos doblaba sus ramas e invitaban a comer.  Mis hermanos y yo nos sentábamos frente a una palangana llena de mangos, y comíamos hasta saciarnos.  Todavía me encantan los mangos.

Recuerdo cuando era el tiempo de las guayabas los vecinos elaboraban cascos de guayaba, y las semillas que ellos desechaban, nos las mandaban, y nosotros las disfrutábamos.  Viene a mi mente cuando en la temporada de los tomates, mi papá nos enseñó a echarlos en un vaso y ponerles azúcar sabrosa de caña para así comerlos.  ¡Mm…Cómo me gustaba!

El guarapo de caña nos encantaba. ¡Qué delicia!

Cómo nos divertíamos viendo pasar a un chinito frente a la casa por las tardes, vendiendo caramelos, pregonaba: “Azúca, papé, palito, tles cosas pol un kilito”. (En Cuba al centavo se le dice kilo). El azúcar era con lo que él preparaba los caramelos, le insertaba un palito en el medio, para llevarlo a la boca. Y los envolvía en papel transparente, eran de unos colores preciosos, nosotros lo conocíamos como pirulí. Allí nos reuníamos los niños para comprar y reíamos por las ocurrencias del chinito.

Como éramos muchos hermanos, ideábamos un montón de juegos, como brincar suiza, jugar a los yaquis, que era mi juego preferido.  También teníamos una chiva, que la recuerdo brincando con mucha gracia de un lugar a otro, porque la rodeábamos y aplaudíamos cantándole: “La Srta. Chiva entrando en el baile, que la baile, que la baile”. Yo no sé qué era aquello, pero la chiva nos entendía, y se divertía con nosotros. Eso sí era reír a carcajadas de buena gana.  ¡Qué tiempos!

Ya en casa todo era muy acogedor, no sólo era jugar.  También recuerdo que parada en un solo pie, porque mis pies seguían enfermos, yo hacía mi obra misionera frente a mi casa, y desde allí repartía unos tratados de la iglesia.  Nunca se me olvidará que en esa ocasión repartí doscientos.  Me sentí realizada.  Y para que el gozo fuera completo, vino a visitarnos y pasar unos días con nosotros mi tía Clara.

Continuará

De vuelta a casa

mayo 4th, 2016 Autor: Merari

Comenzó la algarabía en mi casa cuando los míos me vieron llegar.  Las risitas incontrolables de hermanos que se aman de verdad, con el amor más puro y santo, el que Dios nos ha regalado. Se quitaban lo que era de ellos para dármelo a mí.  No cesaban sus continuas invitaciones para jugar.  Llovían abrazos y apretones,  era la forma de decirme cuánto me amaban, porque tengo el privilegio de haber nacido en un lindo hogar cristiano.  Mis padres se distinguieron siempre por ser bondadosos y tiernos.  Todo el que tuvo la dicha de pasar por nuestro hogar tiene que haber recibido cariño y un trato cristiano, porque son de naturaleza amorosa. Cuánta alegría experimenté al estar junto a mi familia.

Mi infancia se desarrolló en el mejor de los ambientes, ese es el más alto de los privilegios, tener una familia tan completa y especial.  Recuerdo el trato de mi padre hacía mi madre, que era con el  más absoluto respeto, para mí fue una de la más hermosa de las enseñanzas.  Mi papá le llevaba a mi mamá diecinueve años, y eso no fue un obstáculo para ellos.  Siempre vivieron enamorados.  Mi recuerdo es que él la trataba como a una rosa, y a nosotros sus hijos, que fuimos ocho en número, como a botones delicados, cubriéndonos cada día con todos los cuidados que se hacen necesarios, para que creciéramos sanos y llegáramos a ser hombres y mujeres de bien.   Nos enseñaban del amor de nuestro Creador, nos inculcaban el temor y la fe en Dios como el alimento diario para que fuéramos obedientes a su palabra.  Carecíamos hasta de lo más imprescindible para vivir, en lo material, pero eso apenas se hacía notar.  El amor es primordial en los hogares, y de eso había en abundancia  en el mío.  Yo tengo que glorificar a mi Dios por eso, porque cuando doy una mirada a mi alrededor y veo en nuestro mundo actual tanta carencia de amor, que es lo que da razón para vivir, tengo que exclamar: “¡Qué afortunada soy!” Porque mi infancia se deslizó dulce,  serena y llena de amor.

Continuará

Banes

abril 25th, 2016 Autor: Merari

En el municipio de Banes, cerca de Playa de Baracoa, vivía mi tía Margot con su esposo José Isabel Caraza y sus cuatro hijas, Febe, Dorcas, Rachel y Noemí. En ese tiempo que yo estaba pasando con mis tías, mi prima Febe pasó por ahí y quiso llevarme a su casa en Banes.  ¡Qué atentas y finas fueron todas conmigo!  Me cargaban en brazos para trasladarme de un lugar a otro de la casa por el problema de mis pies.  Jugaban conmigo, me atendían tanto que me hacían sentir importante.

 

En ese tiempo iba a ser la toma de posesión del apóstol Arturo Rangel, mi tío por parte de madre, que vivía en Panamá, lugar al que fue enviado por la iglesia para llevar la palabra de Dios y establecer nuestra Iglesia en ese país. Trabajó incansablemente y dejó un bello testimonio de fidelidad y entrega para la obra del Señor.

 

Mis primas cantaban precioso, también componían. Recuerdo que Febe me enseñó un canto para la ocasión, pues estaban preparando todo esperando el regreso de Arturo. Los niños tendrían una participación especial en el programa de bienvenida, iban a entrar desfilando por la iglesia entonando esta melodía que dice así:

 

“Abran, abran Señores.

Son los niños que vienen a cantar.

Venimos a felicitar,

Al apóstol Arturo Rangel

Somos los futuros soldados.

Del Bando Evangélico Gedeón”.

 

Ese era el nombre de nuestra amada Iglesia en aquel tiempo, Bando Evangélico Gedeón. No recuerdo si tenía más estrofas.  No me fue posible desfilar por la iglesia, pero recuerdo que Febe me subió a la ventana que estaba en el frente de la iglesia para que desde allí pudiera disfrutarlo todo. Ella era una persona que amaba con pasión desbordada a los niños.

¡Qué lindos recuerdos vienen a mi mente! Febe fue siempre muy querida por nosotros. Una mujer llena de fe, pura, admirada no sólo por mí, sino también por otros muchos.  Trabajadora y limpia. Se sostuvo fiel en la iglesia hasta su último suspiro.  Murió como viendo al invisible.  Estoy segura que le espera un lugar hermoso en las mansiones que Jesús fue a preparar. También su padre, persona distinguida y entregado a Dios con un grado alto de santidad, nos dejó un bello ejemplo de fidelidad y perseverancia al lado de Dios.

 

Para estas santas personas hay promesas en la palabra de Dios. “Porque el mismo Señor, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero”.

 

Guardo com una reliquia, esta oración que escribio el gran siervo de Dios.

 

Oración con el alma

Señor, no, no es esa la oración que Tú quieres de mí; no es la tibia y sin razón, no es la repetición redundante y viciosa de las mismas palabras.

Yo sé que Tú quieres mi carga, mi necesidad y mi aflicción; Sé que Tú quieres mi arrepentimiento definitivo, mi corazón y alma en el acto solemne de darlos a quien me los dio. No, Señor, no vuelvas tu santo rostro sin darme una mirada cargada de tu profundo amor y perdón. Desfallecería mi alma en el calor de las pruebas; tropezarían mis débiles pies con las piedras del camino. No, no es posible que arribe a tus playas sin beber de tu inagotable manantial y comer de tu milagroso maná.  Sin el vigor que viene de Tí  desaparecería mi esperanza, todo sería perdido.  Señor, realiza el milagro con tu insondable amor. Usa el eficaz borrador líquido carmesí de tu sangre, tu infinito perdón. Dame la nítida  y deslumbrante página nueva para escribir nuevas cosas, sin borrones ni manchas, como cuando le nace el fulgurante sol a un día nuevo y brillante. Señor, haz que mi oración no sea el soliloquio inútil, sin respuesta; sino el bienaventurado diálogo con mi glorioso Hacedor. Sin tu respuesta, ¡qué abandonado! Sin tu mirada, ¡qué triste! Sin tu orientación, ¡Cuán perdido me siento! Pero si Tú me respondes, me miras y me das tu mano, será la oración más grande de mi vida.

Superv. José I. Caraz

 

Mis enfermedades

abril 19th, 2016 Autor: Merari

A la edad de 7 años, mis pies se llenaron de unas llagas que los iban cubriendo.  No podía ponerme zapatos y por lo tanto no asistía a la escuela.  Mi tía Lita me daba clases, así aprendí a leer y escribir.  Cuando logré ir a la escuela me pusieron en tercer grado, quiere decir que ella me dio muy buenas lecciones, que todavía le agradezco.

También padecí mucho de las amígdalas y caía por períodos de largos días con fiebres muy altas a causa de la infección.  Muchas veces, el cuello se me quedaba virado, sin poder enderezarlo por semanas.  Pero todas esas aflicciones me hicieron más amiga de Dios, porque me acercaban a Él, en pláticas constantes, ya que permanecía todo el tiempo sentada, no podía caminar debido al problema de mis pies, me arrastraba por el piso, pues no se sanaban, aunque me llevaban al mar para meterlos en agua salada, y ver si había una mejoría.  Mis tías me hacían  

unas fuertes limpiezas, me remojaban los pies en agua y me arrancaban todo lo malo, pensando que esa sería la mejor forma de ayudarme, pero aquello no resultó ser bueno, y cada día empeoraba, porque el tratamiento no dejaba secar las postillas para que solas cayeran y saliera piel nueva.  No puedo olvidar los gritos que yo daba diciendo: “Ven Jesús y llévame contigo”, por el terrible sufrimiento que eso me causaba.

Me pasaba las noches enteras llorando por el dolor del pus que se iba creando.  Eran noches interminables de angustia, pero siempre pedía el consuelo de ese fiel amigo que no falla, y que es para todo el que sufre la más tierna de las compañías.  Yo tenía fe que Él me oía, y esa fe ha perdurado en mi corazón por siempre.  Es lo que me ha sostenido a través de los años.  Lo hice mi compañero de viaje desde niña, y no sé caminar sin Él.  No puedo gloriarme por esto, en ninguna manera, ya que todo viene de Su mano buena, y Él es el que da el querer como el hacer.  Así que la gloria es para el Señor Jesús, nuestro amado Salvador.  “Porque Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13).

Todos estos padecimientos traen consigo bellos testimonios de sanidad divina, de ese Dios maravilloso.  En Su Palabra leemos: “¿Está alguno enfermo entre vosotros?  Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor” (Santiago 5:14). El apóstol Ángel María le pasó un telegrama a mis padres que vivían en Cascajal, y les dijo que fueran a la provincia de Matanzas y lo esperaran en la ciudad de Colón para hacerme la sanidad Divina. Y así lo hicieron  ungiéndome con aceite, haciendo primeramente mis padres la oración de arrepentimiento.

Después de eso, mis padres me llevaron de vuelta a casa, donde comenzaron los tiernos cuidados de mi mamá.  Cada día y cada noche, antes de acostarme, ella me ungía todas esas llagas, una de mis piernas se había puesto muy delgada por la falta de ejercicio.  Y ella, con  amor y paciencia de madre, agregando una buena porción de fe, me daba masaje con el aceite santificado pidiéndole a Dios por la recuperación de mi pierna.  Y así, en su perseverancia, vimos el milagro.  Mi pierna mejoraba por día, y sanó de tal manera, que ni las marcas quedaron.  Glorificado sea el Señor por siempre.  Amén.

Continuará…

 

Mis memorias

abril 13th, 2016 Autor: Merari

Tiempo de guerra

Corría el año 1959 cuando triunfó la revolución cubana, derrotando la dictadura de Fulgencio Batista.  Yo estaba pasando unos días en la casa de mis tías. Tengo viva en mi memoria aquella guerra, pues me encontraba la mayor parte del tiempo debajo de la cama, sin atreverme a salir de allí.  Cuando comenzaba el tiroteo me sentía morir, lo único que hacía en aquel escondite, era orar, temblando como una hoja. Mi refugio era Dios.   Yo podía, por medio de la oración, conversar con Él pidiendo constantemente Su ayuda y controlar de esa manera mi acelerado corazón. ¡Qué buena es la fe para todas las personas cuando necesitan del auxilio de Dios! Cuánto más para una niña de unos siete años que  extrañaba el calor de su dulce hogar.

Siempre me he preguntado ¿cómo es posible vivir sin Dios? Es por eso que vemos a muchos refugiarse en el vicio, y lo que es peor, quitarse la vida, porque es imposible soportar cosas tan fuertes solos, sin fe y sin Dios.  Le bendigo por ser mi refugio, porque desde que tuve uso de razón aprendí, por las enseñanzas de mis padres, a buscarle, y más en momentos como ese, en que el miedo me congelaba.

Viendo mis padres que por causa de mi salud, yo era la más necesitada para mantener una buena alimentación, y estando mis tías económicamente mejor que ellos, decidieron llevarme a pasar un tiempo donde ellas vivían en Playa de Baracoa. ¡Qué buenas esas tías! Con qué esmero me cuidaban.  Era su princesa, pues ellas todavía no se habían casado, y aunque trabajaban mucho yo era la única niñita a la que entregaban todo su cuidado y atención.  Eugenia era la secretaria del apóstol, que en ese tiempo era Ángel María Hernández, y Paula, (a quien cariñosamente le decimos Lita, porque todavía vive, aunque muy acabada por el estrago de los años que no perdona), trabajaba de maestra en la Escuela Preparatoria de Discípulos, y se turnaban para cuidarme.  Puedo decir, sin temor a equivocarme, que si en la tierra existen ángeles, ellas han sido un par de ángeles que el Señor envió para Su gloria.  Puras, santas, fieles y buenas, como tantas otras personas que también tenemos que nombrar por su entrega y por sus vidas bien vividas, que muchos quisiéramos imitar

Continuará…