Convertidos de Corazón
Cuando somos convertidos somos transformados, hay un cambio notable en nosotros, no nos tienen que decir cómo debemos vestir, andar, comportarnos, qué cosas debemos hacer y qué no debemos hacer. Qué importante es estar convertidos para que nuestro corazón no nos engañe. Dice la palabra de Dios que “engañoso es el corazón más que todas las cosas y perverso”. Si el corazón se convierte a Dios, de ahí brotan los frutos agradables. “Por sus frutos los conoceréis”. Bien lo dijo Jesús: “No se cosechan higos de los espinos, ni vendimian uvas de las zarzas, ni de una misma fuente puede brotar agua dulce y amarga”.
Un corazón convertido tiene siempre una alabanza en los labios y una profunda gratitud, como reconocimiento a Aquel que es el hacedor de todas las cosas, de quien depende enteramente. El hombre cuyo corazón ha sido purificado sabe que si algo digno posee, es por la gracia y la misericordia de Dios, y por lo tanto, no se siente mejor que los demás. Sabe que el hacer el bien a su prójimo lo engrandece, y conoce que es un placer obedecer Su palabra y cumplir cada uno de Sus mandamientos. Halla deleite en la comunión de los santos, reconoce su bajeza ante la santidad y justicia de Dios, y está seguro que el cielo le espera para rendirle loores y tributos por la eternidad a quien tanto bien le ha hecho.
Un hombre convertido de corazón, sueña y vislumbra la Sión celestial y, por lo tanto, los dolores y sufrimientos, críticas y desprecios, los convierte en escalón para subir a un grado mayor de perfección. Cuando le hieren las palabras, encuentra que eso es poco para lo que el Señor sufrió por él, y cada día humilla su alma para alcanzar el favor divino. No le molesta la injuria y la falta de comprensión, porque está confiado en la promesa divina de que si sufrimos aquí reinaremos con Él. No atesora bienes, porque su hogar no es de aquí de esta tierra. Mantiene la esperanza de cielo, su fe no se quebranta, aunque el sol no salga y el viento deje de silbar. En el sufrimiento más intenso está dispuesto a aceptar la voluntad de Dios, como aquella santa mujer: “He aquí la sierva del Señor, hágase conmigo conforme a tu palabra”, y camina con rectitud. Va dejando a su paso una estela de paz, sonrisa, amor, y un mundo de buenas obras, porque conoce a su Señor. Le ha conocido por conversar en secreto con Él, día tras día, hora tras hora. En su mente hay un constante murmullo de adoración, porque en Él encuentra su delicia, y no hay nada que le haga cambiar de parecer, porque tiene la certeza de haber encontrado la verdad para su vida.
Amigos lectores, necesitamos estar convertidos a Dios de corazón para hallar el descanso a nuestras almas que están cansadas de batallar y buscar respuestas donde no las hay. Con cuánto amor dijo Dios a su pueblo: “Si te has de convertir, oh Israel, conviértete a mí”. (Jer. 4:1)
¿Estás convertido de corazón?
Sé como el Sol
Sé como el Sol que sale resplandeciente anunciando la llegada de un nuevo día, que trae esperanza y, con su calor, nos llena de vida. Que alumbra a todos los hombres, fortaleciendo al débil, y nutriendo el cuerpo del fuerte con sus rayos dorados; dando un toque brillante a cada lugar donde puede entrar; colándose por cada rendija, para iluminarla, y nos anuncia con su llegada la ausencia de la noche.
El sol nos dice con su presencia que los nubarrones negros de nuestro cielo han sido deshechos. Que tenemos la oportunidad de comenzar en nuestra labor diaria, que hay que trabajar mucho para que el alma resplandezca, que atrás quedó esa nube que enturbiaba nuestra vida, oscureciéndolo todo, y que su luz debe contagiarnos con su claridad, al tener una razón más de vivir y de arreglar nuestro mundo.
Nos anuncia que ya no vamos a estar a tientas, porque la luz es la que ilumina, y nuestra alma llena de luz, puede indicar a otros el camino a seguir, sin tropiezos ni afán. El Señor nuestro hará que su sol siempre salga en nuestros corazones, y nos enseñará a ser como es Él al abrazar a todos los que tienen necesidad de calor espiritual, de amor y comprensión, necesidad de refugio y de un día luminoso y claro.
Ojalá que podamos imitar al Sol, para que nuestro paso aquí en la tierra sea para servir como él nos sirve, sin queja ni pena, y para que disipemos las tinieblas. Que cada día llenemos el alma de esperanza y consuelo, con ese fulgor del sol, saliendo para buenos y malos, llenando al mundo de gozo con su brillante luz. No insistas en seguir a tientas sin luz, afánate por ser como el Sol.
Tú eres mi Verdad
En un mundo donde no está Dios, no puede existir consuelo en el dolor. El desprecio tiene bien acomodado su lugar, y la ambición gobierna los corazones. La envidia reina, y el egoísmo es aplaudido. El amor no se conoce, y el hambre del perdón se deja ver con frecuencia. Hay una escasez constante de buenas obras, y vive un hondo vacío en cada alma y se nota en los ojos de los hombres la nostalgia, de la boca salen palabras sucias, y en la mente abundan las ideas distorsionadas. El afecto no existe, y la soledad roe los corazones. La virtud no se encuentra, y la santidad no se conoce. El humilde es mal visto, y hay un sinfín de aflicciones y una falta enorme de ternura y comprensión, porque sin Dios impera la falsedad, prevalece la mentira y el engaño es constante.
¡Qué triste es vivir sin Dios!
Padre amado, Dios del cielo, yo encontré en ti la única verdad, el camino a seguir, la vida misma. Tú dijiste: “Yo soy el camino la verdad y la vida”. El hombre busca y rebusca, pero no encuentra, se deslumbra y es atraído por el pecado, como los insectos por la luz, que cuando se acercan, quedan atrapados rodeándola sin cesar, hasta ser quemados por ella misma, pero se sintieron atraídos y fueron engañados por el resplandor. Así somos ante el mundo, creemos, nos dejamos arrastrar, para más tarde darnos cuenta del vacío que dejan esas atracciones ilusorias. Sólo la verdad se encuentra en ti, Jesús, Tú eres el autor de la vida, el camino a seguir, y es en ti donde hay vida abundante, consuelo en la aflicción, descanso para el alma, abundancia de pan, tu pan, que es capaz de alimentar las fibras más profundas del ser humano. Eres el amor que llena el corazón y un sinfín de satisfacciones.
Por eso yo quiero perseverar en la verdad, por eso deseo amarla, por eso me quiero aferrar a ella, por eso anhelo permanecer en ella, por eso mi alma grita: “Sólo Tú Jesús, eres mi verdad”.
Permíteme Creer
Qué fácil me resultaría alcanzar las promesas de Dios si tan sólo creyera, pues son dadas al hombre de fe, a aquel que no duda, porque al que cree, todas las cosas le son posibles. Permíteme creer como Abel, para cuando te traiga mi presente sea recibido por ti con agrado. Permíteme creer como creyó Abrahán, que creyó en esperanza contra esperanza; fue esforzado en fe, dando gloria a Dios, y le fue atribuido a justicia y fue llamado amigo de Dios. Permíteme creer como moisés, para poder sacar al pueblo de la esclavitud, y estar dispuesta a decirle al Señor: “Si tú no los perdonas, ráeme ahora del libro”, porque así llegue a amar al prójimo. Permíteme creer como Eliseo, para esperar recibir doble porción de tu Espíritu, porque anhelaba tener el poder de Elías. Permíteme creer como Job, para aceptar la pérdida de todo y decir en el momento más duro: “Aunque me matare, en Él esperaré”. Permíteme creer como la mujer sirofenisa, que supo humillarse e imploró al Señor un pedazo de su misericordia, hasta alcanzarla. Permíteme creer como aquella pobre viuda para que mi ofrenda, siendo la más pequeña, alcance tu admiración, porque entregue todo lo que poseo. Permíteme creer como aquel hombre leproso, que al ser sanado por ti, se regreso de donde iba para demostrarte su gratitud. Permíteme creer como el samaritano, para hacer una parada en mi ajetreada vida y traer el enfermo al mesón y curar sus heridas. Permíteme creer como el apóstol Pablo, que no apareciendo sol ni estrellas por muchos días, y viniendo una tempestad no pequeña, amonestó a los de de la tripulación a tener buen ánimo, que ninguno perecería porque el Señor se lo había dicho. Permíteme creer como creyeron aquellos hombres que, llenos de fe, obraron maravillas, y están en la lista de los héroes de la fe. Y hoy descansan, esperando el día final, cuando tú vengas en gloria a levantar tus hijos, para ser llevados a reinar por siempre en tus mansiones gloriosas, porque tú les permitiste creer.
Señor mío, como el padre de aquel muchacho, hoy clamo a ti: “Creo, ayuda mi incredulidad”, permíteme creer.
Mi Gratitud
“Mientras el río corra, los montes hagan sombra y en el cielo haya estrellas, debe durar la memoria del beneficio recibido en la mente del hombre agradecido”, dijo Virgilio, y “No hay cosa que se pueda escuchar con más agrado que decir gracias”. ¡Qué virtud tan preciosa es la gratitud!
Por eso hoy quiero que hasta ti llegue, Señor, mi gratitud, por todo el bien que me brindas, por tu tierno cuidado, y no sólo conmigo, sino con todos los míos, no siendo merecedores de tantas cosas que a diario recibimos. Gracias Jesús, por no pagarnos conforme a nuestras obras, por darnos el conocimiento de tu verdad, por guiarnos a las mansiones que tú tienes aparejadas para todo el que ame la salvación, porque no es de todos el anhelarlo, sino del que tú tengas misericordia. Gracias por la fe que derramas en nuestros corazones, para poder esperar con gozo tu venida. Gracias por cada despertar y por cada atardecer, por la noche que se muestra envuelta de nostalgia, pero que con ella se lleva el afán de cada día, dando una nueva oportunidad de renacer al despuntar en cada amanecer. Gracias por tu gloria envuelta en esplendor, mandando a tus ángeles que se apresten como mensajeros para cuidar de cada uno de tus hijos y librarlos del mal. Gracias, Padre amado, por tu inmenso amor con que nos has amado, dando hasta la última gota de sangre en el madero, para darnos vida.
Tengo tanto que agradecer… Recibe con estas palabras toda la gratitud que derrama mi corazón. Gracias, Señor.
Santidad
Dice el coro de un bello himno que cantamos en nuestra iglesia:
|
Hoy buscad santidad. Dios ofrece este don, Perfecto amor. Suplicad santidad, Sin la cual jamás veréis al Salvador. |
La santidad tenemos que buscarla y anhelarla para poder encontrarla. Es una necesidad para ser guardados por Él en la hermosura de la santidad. En la cruz encontramos el amor y la justicia de Dios. El amor, porque nos quiso salvar, y la justicia, porque quiso pagar por nuestros pecados. El camino de la santidad es reemplazar nuestra vieja naturaleza por una nueva, que es divina, la naturaleza espiritual, la de Dios. La santidad es una línea a trazar, es un estilo de vida. Por eso, cuando hay personas que dicen ser salvos por gracia, no entendiendo este concepto, viviendo como quieren y haciendo lo que su corazón les dicta, están completamente en un error. Si aceptamos a Jesucristo como nuestro salvador, nuestra vida tiene que demostrar que Él está dentro de nosotros, porque somos regenerados. Cambiados estamos en la línea que traza la santidad. El corazón tiene que ser limpiado, lavado por su preciosa Sangre vertida en el madero, y eso nos asegura que no tendremos condenación, tendremos la bendición de la santidad. Tenemos que dar nuestra alma y cuerpo al Señor, vivir entregados, cambiados a una vida diferente de las personas que no conocen a Dios. Es imposible vivir haciendo nuestra voluntad y agradar a Jesucristo, cuando nuestra voluntad no es la de Él.
Cuando nosotros nos comparamos con otra persona, podemos creer que somos buenos, pero cuando nos comparamos con Dios, y estamos expuestos a Su pureza y Santidad, nos damos cuenta de cuán lejos estamos de ser buenos. La santidad de Dios no acepta aquello que no es santo. No podemos vivir una vida llena de desobediencia a Sus mandatos, llena de descuidos, hablando lo que no conviene como hijos de Dios. La santidad de Dios no debe ser ignorada. La santidad hará que algunos se alejen, pero conducirá a los elegidos a la cruz. Cuando nosotros estamos conscientes de la santidad, vamos a predicar un evangelio puro. La santidad de Dios es la raíz de muchos frutos maravillosos, que manan de un corazón que ha llegado a reverenciar a Dios como es Él, Santo, único. Jesucristo pagó la condenación por nuestros pecados e hizo posible que compartamos Su santidad. Hebreos 12: 14 nos dice: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie vera al Señor.”
Nada que no sea santo podrá ver al Señor. Unámonos y esforcémonos en buscar la santidad.
Pondré mi corona a sus pies
Nosotros, los que amamos la salvación, estamos esperando al Rey de Reyes, a nuestro amado Señor y Dios que viene presto a coronarnos. En las sagradas Escrituras encontramos un gran número de coronas para el creyente fiel que haya perseverado hasta el final.
Mi Dios es el que me ayudará a alcanzar la corona de vida, no son mis fuerzas, ni mi capacidad, es sólo Su gracia y grande amor con que me ha amado. Yo no tengo gloria alguna, toda la gloria y honra es de Él.
¿Has pensado alguna vez qué harás cuando te presentes delante de Jesucristo? Yo he pensado que me arrojaré a sus pies y pondré allí a sus pies mi corona. Él fue el que me dio la corona, el que peleó por mí, el que venció por mí, lo menos que puedo hacer es ponerla a sus pies en señal de mi profunda gratitud, porque nunca lo merecí, fue por Su gracia y Su grande e incomprensible amor. Yo nunca la hubiera alcanzado ni merecido.
Su muerte en la cruz me estremece. Fui comprada a precio de sangre. Cuánto dolor hubo cuando Él murió, hasta el sol, la obra de su creación, dejó de brillar. Toda la tierra quedó en oscuridad. A Él, el hijo de Dios, lo mató su misma creación. Cuando pienso que por Su llaga fuimos curados, como nos cuenta el profeta Isaías, pienso en Su sufrimiento por mí, por darme una corona incorruptible de gloria.
El apóstol Pablo, hablándole a los Filipenses, les dice: “Que Cristo siendo en forma de Dios no tuvo por usurpación ser igual a Dios, se anonadó así mismo, hecho semejante a los hombres y se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”.
Cristo se somete voluntariamente a la muerte. Ahí se encierra el misterio de Cristo. El apóstol Pablo nos muestra lo más profundo del ser de Cristo, el hecho de que siendo Dios se hizo hombre para reparar el daño causado por la desobediencia de Adán, con Su obediencia. Adán, seducido por la curiosidad de lo prohibido, quebrantó la obediencia a su Creador, y por su desobediencia nos trajo la muerte, Pero Cristo nos trajo la vida nuevamente. Jesucristo es perfecto, porque es Dios, es el nuevo Adán, tiene el perfecto dominio de la creación, pero voluntariamente se despoja a sí mismo para reparar los efectos desastrosos de la desobediencia del hombre. Cristo renuncia a sus derechos que legítimamente le pertenecen, sin necesidad alguna se humilla hasta la muerte, solamente obedeciendo a Dios y para el bien nuestro. Este es el misterio de Su grande amor. La entrega total que el hijo de Dios hace me deja maravillada, escogió el camino del dolor para demostrarnos cuanto nos ama. Esa experiencia de sentirnos tan amados hace, no sólo que el corazón lata emocionado, o que salgan a borbotones he incontenibles nuestras lágrimas, sino que se doblegue, que se incline nuestra frente reverente, que alabe a Jesucristo y que le adore, por su conquista hacia nosotros. Tratando de atraer nuestro amor con su paciencia y ternura. No hay nada que detenga el amor de Dios, ni el pecado ni la desobediencia. Nada, ni la misma muerte. Por eso mi corazón lleno y rebozando de gratitud quiere, desea, necesita cuando lo vea, poner a Sus pies mi corona.
¿Que hace la Oración?
La oración cambia las cosas. Te llena de aliento, paz y firmeza. Te consuela y encamina por sendas de amor y perdón. Te da refugio y te hace victorioso en el dolor. Te restaura y pone una dulce canción en tus labios. La sonrisa aparece en tu corazón y hay embeleso de quietud en el alma.
Cuántas cosas hermosas podemos disfrutar cuando oramos; la paz del corazón se restablece y hay himnos de adoración, alabanzas que embellecen el rostro e invitan a la santidad y la comunión con el Padre celestial. No hay nada que alumbre todo como la oración, se disipan las nubes, se vislumbran las estrellas en la más densa noche, hay un sinfín de gorjeos en el horizonte y un aire acariciador nos envuelve llenando el alma de tranquilidad. El trato se hace suave y la endecha se convierte en expresiones tiernas de gratitud, extasiado por el impacto de Su presencia, que es como una caricia amorosa y perfumada de un aroma exquisito, llenando el lugar y espacio con Su cariño, con la tranquilidad que imparte esa brisa reconfortante.
La oración te hace sentir como la más especial de las almas renovadas; especial para Él. La oración te hace estar en armonía con tu Creador, te levanta del hueco en que has caído, te aviva los pasos cuando ya no puedes más, te prepara para la batalla, te sostiene cuando estás a punto de caer. Te alumbra en la más densa niebla. En la peor de las desilusiones, te llena de esperanzas. Y cuando tu corazón haya sido robado por la duda, la oración te lo devolverá con fe. Cuando la debilidad te tenga postrado, la oración te levanta con fortaleza. La oración te prepara para la batalla de cada día, del bien contra el mal. Te alivia las penas y te consuela en la desesperación, ella cambia tu lloro en un hermoso himno de victoria.
¡Cuántas cosas hace la oración! No te pierdas estas delicias, y comienza a orar.
Ora
Ora en todo tiempo y lugar. La oración es lo que te comunica con tu Padre celestial. No sólo tienes que estar de rodillas para orar, ya que habrá momentos en que quizás no puedas doblar tus rodillas, pero dobla tu alma y pide con el corazón a tu Señor y Dios. Cuando no lo puedas hacer con el movimiento de tus labios, o en voz audible, implora con el pensamiento, elévate y dile a Dios tu necesidad, tu dolor, y tu gratitud.
Cuéntale a Dios todo lo que hay dentro de ti, Él te oye y te sabe escuchar y atender. Él te comprende como nadie puede hacerlo, porque te formó y conoce tus más íntimos secretos, y aun así, te ama con fidelidad. No dejes de pedirle, pues aunque a veces pienses que no te oye, Él permanece en el mismo lugar de siempre. Nunca dejes de orar, el orar te levanta del lugar más bajo que te encuentres y te hace subir a las alturas, y créeme que desde lo alto se mira mejor, desde las alturas se vislumbra el panorama diferente. No te encuentres tan mísero que no sientas que eres capaz de alcanzar la misericordia de Dios, porque Su misericordia es más alta que los cielos y más profunda que la mar. Tampoco debes encontrarte tan merecedor que pierdas Su favor divino, porque delante de Él somos todos imperfectos. Ríndete delante del Padre tal como eres.
En esta semana especial de oración establecida por la iglesia, desde el primero de abril hasta el día siete, únete en cadenas de oración con tu familia, con amigos, o solo, como puedas hacerlo, y pide por ti, por tus necesidades, y por las de los demás que veas en problemas. Pide por los sufrimientos que hay en el mundo y las congojas de tus semejantes, los presos, los enfermos, las viudas, huérfanos, pobres y necesitados, No dejes de rogar por los que se encuentran solos y tristes, los que tienen hambre por falta del pan material y espiritual.
Las necesidades son muchas, no dejes de pedir más de lo acostumbrado en esta semana. Únete a nosotros en oración, pide todo lo que quieras, pero ora, no dejes de orar. Y el Padre de consolación estará atento y te bendecirá, y habrá en tu vida un cantar de golondrinas y renacerá tu luz, y tu fe crecerá, y tu alma será bañada de gloria al estar postrado en oración. Amén.
La Esclavitud
Se entiende por esclavitud la condición de una persona sujeta a los designios de otra sin opción a replica, discrepancia, decisión o protesta; es decir, se convierte en la propiedad de otra persona, incluso para disponer libremente de ella.
Cuánta tristeza debe haber en una persona esclava, la esclavitud siempre ha sido despreciada. A mí me gusta tanto la libertad que no puedo imaginarme hasta dónde puede llegar el dolor y la angustia de una persona sometida al mando de lo que otro quiera imponerle. Jesucristo es bien claro en su propósito y plan para con los hombres, Él quiere que todos sean libres a través de la libertad que sólo Él ofrece. Tu enemigo te puede esclavizar de tristeza, miedo, angustia, enfermedad, puede arruinarte y, como consecuencia, obligarte a andar errante, confundido y abatido. Pero las cosas que Jesucristo ofrece para liberar a alguien son: Apertura de cárceles, consolación, reedificación y restauración. ¿Notas la diferencia?
La esclavitud es una atadura molesta. Cuando yo veo a los hombres que se han dejado esclavizar por el pecado, atados, paralizados, dependientes enteramente de sus bajas pasiones y vicios desmedidos, y que cada día se enredan más en las trampas del maligno, me da angustia y pesar, pues son la propiedad del maligno, sometidos a él. Y digo, ‘si prestaran atención a la voz de Dios que ha venido para dar libertad a los cautivos’. En Cristo se encuentra la verdadera libertad, Él nos ha llamado para ser libres. Si la humanidad entendiera el mensaje. Cuánta bendición hay en obedecer al Señor, porque Él afirmó que su “yugo es fácil y ligera su carga”.
Para liberarnos del pecado primeramente debemos conocer al hijo de Dios, al verdadero libertador de nuestras vidas. Debemos caminar diariamente con Él para encontrar y aprender a vivir en libertad. Si pensamos en pecar e insistimos en ello permanecemos en la esclavitud. Observa lo que dice Pablo: “Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Ro 8:5-6).
Palabras del Señor para que ya no arrastres más las cadenas conque el enemigo de tu alma te ha atado. ¿Cuándo fue la última vez que le pediste a Dios por tus pecados? ¿Cuándo fue la última vez que le pediste a Dios que te liberara? ¿Has reconocido que eres esclavo del pecado? ¿Reconoces que en tu vida hay cosas que te atan y no te dejan avanzar? ¿Reconoces que hay cosas en tu vida que no puedes dejar y que te controlan? ¿Te sientes víctima? Sea cual sea tu necesidad, clama a Dios pidiendo liberación, pidiendo que se haga realidad en tu vida. Pero debes conocer la verdad y conociendo la verdad serás libre. Jesús dijo: “¡YO SOY LA VERDAD!” Las luchas las tendrás, la oposición la tendrás, las caídas las tendrás pero, ¡levántate y resplandece! Sigue caminando y guiado por el Espíritu Santo. ¡Nunca te des por vencido! Dios no se da por vencido contigo, pero es tu decisión, tú tienes que tomarla. Cada vez que te alimentas de la Palabra estás creciendo a una libertad más grande. Hay que cambiar la mentalidad de esclavo por una de un ser libre. Deja esa mentalidad que te hace vulnerable al pecado. Sustitúyela por el conocimiento de la verdad y esa verdad es la que te va a llevar a caminar en una libertad más grande y verdadera. “Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.” (2Corintios3:17)
Cualquiera que sea tu pecado, pide perdón a Dios y cree en el poder de la sangre de Cristo para liberación, salud y vida. Jesús se dio a conocer como el Pan de Vida, Él es nuestra comida diaria, así como diariamente nos alimentamos para vivir físicamente, así su palabra es vida y es Él mismo haciéndose vida cada vez que aprendemos de Él, porque Él es la Verdad y la Vida.
No sigas en la soledad y en el abuso e injusticia de la esclavitud y ven a Cristo, libérate y vive la verdadera libertad de los hijos de Dios.