Joven, vuela más alto

Joven, en este mes de la campaña juvenil se te está haciendo un llamado para que abras las alas de la obediencia y la fe y despegues el vuelo con el soplo del Espíritu a los lugares más altos. No te conformes viviendo en las partes bajas; en las alturas se vislumbra mejor el panorama. Hay muchas interrogantes en tu vida, y es en las alturas donde encontrarás las respuestas, porque es allá, en lo alto, donde siempre brilla el sol, y vas a tener una clara apreciación de lo que Dios te tiene aparejado. Las tormentas, el orgullo, la soberbia, cualquier tipo de complejos, los deseos insanos quedan abajo, los obstáculos, que eran enormes cuando, estés en la altura los vas a ver pequeños.
En los altibajos de la vida muchos se sienten desanimados y piensan en volver atrás, pero la única solución se halla elevándonos a través de una vida llena del Espíritu Santo. Joven, atiende al llamado, estar en las partes bajas es muy peligroso. El apóstol Pablo llama a las personas que se mantienen en las partes bajas carnales, porque a poca altura se rompe el hilo de la comunicación con el Señor, y se destruye el deseo de luchar por alcanzar la santidad, que es una necesidad para ver al Señor. A poca altura la atracción del mundo es fuerte, y hay peligro de caer; los obstáculos se ven grandes y pueden ser entorpecidos nuestros sentidos al enfrentarnos a las tentaciones.
El Apóstol le aconsejaba al joven Timoteo: “Huye también de los deseos juveniles; y sigue la justicia, la fe, la caridad, la paz con los que invocan al Señor de puro corazón. Pelea la batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual así mismo somos llamados, habiendo hecho buena profesión delante de muchos testigos”.
Joven, con cada noble acción que realices, cada vez que no cedas a los deseos mundanos, vas elevándote a las alturas. Si perdonas, si amas, si te guardas en limpieza, tu vuelo será cada vez más alto. Levanta tu mirada y te abrazará el amor. No dudes, todo será posible si puedes creer.
Joven, extiende tus alas y vuela más alto.
Tu hermana, al pie de la cruz,
Merari Martínez
Soledad
Habiendo tantos habitantes en el mundo, es increíble cómo hay personas que pueden morir de soledad. No hay nada más doloroso que la soledad. Hasta la misma palabra tiene un aire de nostalgia y angustia. El mayor número de personas que se quitan la vida es de aquellas que se sienten solas. A veces cuando más se necesita de la compañía de alguien es cuando no la encontramos. Y cuando nos sentimos solos es cuando nos sumergimos en pensamientos lúgubres y tristes. Cuando el dolor hace su entrada en nuestras vidas es porque estamos solos.
Cuántas veces oímos a personas quejándose de que les pesa su soledad, porque son abandonadas por sus seres queridos. Hay por todas partes desilusión; las personas no encuentran en quién confiar, ya sea porque han sido víctimas de una traición o porque han sido abandonadas por las personas en quienes se apoyaban. El mundo está lleno de sufrimientos y cada vez encontramos a más personas que sienten el aguijón de la soledad. Pero tú y yo, los que hemos encontrado al Señor, no podemos estar solos, porque Él prometió estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.
Amigo que lees, si la soledad ha tocado a tu puerta, si te sientes solo y triste, te recuerdo que hubo uno que dio su vida para pagar tu enorme deuda, y está a la diestra del Padre e intercede por ti desde los cielos. Él te quiere salvar, búscale y vivirás seguro con Él. Él es fiel, es la verdad y la misma vida, no sigas amargado, sediento y sufriendo la terrible soledad, abre tu corazón para que Él more y habite en todos los rincones de tu alma. Ilumina tu vida con Su presencia y ya no andes más a tientas. No hay amigo como Él, no te desamparará, porque no es hombre para que mienta ni hijo de hombre para que se arrepienta. “En sus manos te llevará para que tu pie no tropiece en piedra, escudo y adarga es su verdad”.
En esta batalla de la vida, que cansa y nos desgasta, necesitamos sentirnos en la compañía de Jesús para poder seguir adelante, vivir en la dulce presencia de Dios, recibir su abrazo amoroso, oír Sus palabras, decirnos con ternura que nos ama y que somos especiales para Él. Estar conscientes de Su presencia en nuestra vida, Su cercanía, Su ternura; Su amor de Padre ahuyenta la terrible soledad.
Levántate y di: «Yo no estoy solo, Cristo está conmigo. Me protege en medio del dolor, me compaña, camina a mi lado. Solo no estoy, porque ya mi vida le pertenece a Jesucristo, mi amigo constante y fiel».
Toma mi mano y mi vida entera
Vi un lindo anuncio en la ciudad donde vivo, que tiene una mano de una persona mayor tomando la de un niño, donde están escritas estas palabras: “Toma mi mano, no mi vida”. Estas palabras, junto con la foto, me da a entender que podemos tomar la mano de nuestro hijo y ayudarle, guiarle y enseñarle, pero que no debemos decidir por él, ni tomar la rienda de su vida. Cuando Dios creó al hombre le dio libre voluntad para decir y hacer lo que quiera, es decir, nosotros podemos elegir cómo queremos vivir.
La libertad ha sido amada en todos los tiempos por el hombre. Para mí tiene un valor incalculable, pero tenemos que tener cuidado del uso que le damos a nuestra libertad, porque hay leyes que no podemos pasar por alto, y todo tiene consecuencias. Si una persona tiene que levantarse temprano para ir a su trabajo y decide esa noche perder su tiempo en risas y conversaciones y se acuesta tarde, el resultado de esa decisión va a traerle problemas en su trabajo, debido al sueño y cansancio que se le va a reflejar. A veces la inmadurez nos lleva a tomar decisiones que no son buenas. La vida es tan compleja y somos vulnerables siempre que optamos por una decisión irresponsable. Por eso yo le pido a Dios que tome mi mano y también mi vida entera, para que mis pasos sean firmes, para que mi mirada siempre sea hacia arriba, para no tomar decisiones torpes, pues va a haber repercusiones por mis actos. No debo esperar al juicio final para intentar rectificar, pues sería ya demasiado tarde. Quiero que el Señor no me suelte de Su mano, y que dirija mi vida, ya que Él es el buen timonel de mi barco, sabiendo que me llevará a puerto seguro, Jacinto Benavente dijo: “La vida es como un viaje por mar. Hay días de calma y día de borrasca. Lo importante es ser un buen capitán de nuestro barco”. Y yo digo, para poder ser un buen capitán de mi barco, necesito que Dios tome no sólo mi mano, sino mi vida entera, y la dirija y guíe. Y me enseñe y libre de ir por caminos equivocados, o que los tropiezos me quiten el entusiasmo de seguir escalando, para poder llegar a la cima, donde un día quiero estar por una eternidad con mi Señor y Dios. Por eso, una y mil veces, quiero decirle al Señor:
“Toma mi mano y mi vida entera”.
Hoy
Hoy sentí deseos de sacar todo el dolor acumulado en mi pecho. Me sentía tan triste, tan cargada de dolor… ¡Cuántos lamentos se desprendían de todo mí ser! Y aun cuando las lágrimas salían sin detenerse cubriendo mi rostro, robándome todo el gozo del corazón, sumergiéndome en un abismo de angustia, salió de mi corazón una alabanza a mi Creador y Dios, y dije: “Padre, ¡gracias por tu amor!” Entonces mi endecha fue cambiada por una paz indescriptible; pude ver y contar las bendiciones de Su gracia en mi vida. Me sentí indigna de tanto bien, conté todos Sus beneficios, y ¡eran tantos!… Eran más que mi pena. Pude experimentar el gozo del Señor, y fui viendo cada una de Sus misericordias.
Hoy Dios cambió mi lamento en alabanza y comprendí que Cristo nos ama, y que Él, sin escatimar, vertió Su sangre en la cruz para darnos vida eterna. Esta vida es transitoria, pasajera, momentánea; hay, más allá del sol, una vida con Cristo donde cesará el dolor, la tristeza desaparecerá, y todo será gozo y paz por el Espíritu Santo. Por esa vida es por lo que vale la pena luchar y morir si fuera necesario, para alcanzarla porque allí alabaremos por una eternidad al que tanto bien nos ha hecho. Glorificado sea por los siglos y para siempre. Amén.
Hoy elevo mi voz y alma a mi Salvador por Sus bondades y Su grande amor. Hoy he aprendido a confiar en Él y a dejarle mis problemas. Mi vida descansa en Su amor, porque al pie de la cruz he depositado todo lo que me turbaba, todas mis melancolías y mi aflicción.
Hoy, Señor, recibe mi gratitud y mi vida entera rendida a Ti. Hoy ha cesado el lamento y el lloro, y hay gozo en mi corazón, porque Cristo me ha libertado y me ha dado Su luz en medio de la más densa niebla. Aleluya, amén.
Para ti anciano

Para ti van dirigidas estas palabras. Para ti que representas la fuerza, la madurez y el tesón. Para ti que lo abarcas todo con tu saber. Los años te han enseñado el valor de las cosas y con ellos has recibido la sabiduría del cielo para llegar a conocer a Dios.
Tú que todo lo escudriñas y te aferras en esperanza contra esperanza, grítale al mundo que el cielo es tu galardón y que hay una vida de grandeza y gloria para todo el que entregue su alma a la obediencia a Dios cumpliendo Su Palabra y engrandeciendo Su nombre.
Que por tu boca sepan todos que Dios es por los siglos y para siempre, y que en Él no hay engaño. Que vivan cada día glorificando con gozo. Que mantengan la certeza de que el tiempo de los redimidos está cerca, que eserá un final triunfal y lleno de victoria. Que continúen amando a Dios y lo proclamen, y vivan de acuerdo a Su Palabra. Que cumplan su misión aquí en la tierra, como seguidores de un Dios lleno de gracia y poder, ¡Aleluya!
Jesucristo hecho hombre, el modelo perfecto, el segundo Adán y primogénito de toda criatura, en su infinita obediencia vino para rescatar al perdido como simiente suya, y descenderá con poder a la tierra, y nos rescatará del sufrimiento, del dolor y de la muerte, para subir y habitar en mansiones celestiales con Cristo. Que hayas perdido las fuerzas físicas no tiene trascendencia alguna, mi hermano anciano, porque tienes la vitalidad del segundo Adán para subir y habitar con Él en mansiones celestiales. Allí no habrá distinción entre joven y anciano. Nuestra mansión, preparada desde la fundación del mundo, es para que le adoremos todos los días y para siempre. Amén.
Anciano, sé fuerte. Aguarda y espera la redención que se aproxima, y vive como si fuera el último día de tu partida. No te detengas, que la hora se aproxima y el Señor dará el pago a cada uno según fueren sus obras. Guárdate ileso hasta el final, cuando cantarás con las almas redimidas la canción de paz por una eternidad.
Esto es para ti anciano, Dios te bendiga.
Quiero dedicar este escrito a todos los ancianos con mucho cariño por ser la semana especial de la ancianidad en nuestra iglesia y quiero decirles: !Felicidades honorable anciano que adornas la iglesia de Dios!
Arturo !Felicidades!
Arturo, un día como hoy naciste para la dicha de quienes te queremos y te amamos de verdad. Las palabras no pueden sustituir un abrazo, pero sirven para hacerte llegar mis mejores deseos y decirte… !Feliz Cumpleaños! mi hermano querido, y administrador de este querido Rincón. Espero que las alegrías sencillas llenen tu día. Que entre todos los regalos que hoy recibas tengas mucho amor, felicidad, salud, y sobre todas las cosas, que no te falte la bendición de Dios.
El Señor, al darme un hermano como tú, me dijo cuánto me ama, por eso estoy profundamente agradecida, y le pido que te fortalezca hermano querido. Sigue en la ardua tarea de hacer el bien, que Él, que todo lo mira, sabrá cómo retribuir tu trabajo y entrega de amor.
Que cumplas muchos, muchos más, son mis más caros anhelos.
Espero recibas todo lo que implican estas palabras ¡Te quiero!
Feliz cumpleaños Arturo
Hoy es tu Día
Hoy al despertar, pude notar que era un día especial, porque es el cumpleaños de mi madrecita querida, y por lo tanto, quiero festejar. Con pluma y papel quiero agradecer al Dios de todo lo creado por darle un año más de vida a la que me ha prodigado cuidado con ternura toda mi vida. La que veló mis sueños, la que no escatimó desvelos ni sacrificios por verme crecer y formarme y educarme para ser una mujer de bien. Quien todavía le pide al cielo que me guarde y proteja. Esa buena madre por quien yo lloraba en silencio cuando niña, pensando que si Dios se la llevaba yo no podría… ¿Cómo yo viviría sin ella? Sentía que la necesitaba tanto, tanto, como necesito respirar. Así lo explicaba yo para que pudieran comprenderme.
Han pasado muchos años y a mi lado está todavía. Hoy anciana de cabellos blancos, pero su mirada sigue siendo tan tierna como lo fue en aquellos días. Por eso hay profunda gratitud en mi corazón para mi Dios y con ella, y quiero que mis palabras emanen como un grato rocío que la riegue de amor, para que sepa cuánto la quiero. Deseo que este día sea inundada de la gracia de Dios, vestida de Su inmenso amor y perfumada con Su misericordia y bondad. Que cada latido de su noble corazón hoy sea lleno de felicidad por estar con sus hijos y con toda la hermandad que la aman y respetan, por ser cristiana, amorosa, una madre sin igual, llena de buenos ejemplos a seguir. Mujer virtuosa, a la que con gozo le digo: ¡Felicidades Madre! Y que sigas cumpliendo muchos más.
Te quiero negrita, como te decía mi papá. Sé feliz, que hoy es tu día.
Sigue Amando
Aunque duela, sigue amando. No pretendas separar el amor del dolor, ya que están entrelazados, inevitablemente juntos; es parte de la vida misma. Si amas te va a doler. Pero ¡qué lindo es amar! Y a la vez ¡cómo duele! ¡Qué contraste! Pero yo elijo amar, aunque me duela mucho ¿Y tú?
Ama, sufre, porque el que no ama tiene el alma de hielo, el que no sufre es un ser superficial y frío, y tú quieres que tu alma sea templada con el dolor del que sabe amar.
Detente, no pases con ligereza por los caminos de la vida. Siembra a tu paso el bien, que es la semilla que brota del amor, y recuerda que ella tiene que morir para germinar. Y el proceso duele, pero que nada te detenga, sigue al paso regando el amor. Hasta que llegues cantando a tu destino, donde triunfara el amor y cesará el dolor para siempre.
Allí llegaremos tú y yo, y diremos a unísono: “Santo es el Cordero inmolado. A Él sea gloria por los siglos. ¡Aleluya! ¡Aleluya! Amén”.
Hágase tu voluntad
Una noche mi nietecito Danny, al terminar su oración para acostarse, le pidió a Dios que no permitiera que su abuela y su abuelo murieran. Cuántas veces demandamos nosotros así al Señor como lo hace un niño, cuando sería mejor decir: “Hágase tu voluntad en el cielo como en la tierra”. ¿No es esa una de las peticiones nuestras en la oración perfecta? El Señor Jesús, a quien debemos imitar, en su agonía exclamó: “Padre, pasa de mí esta copa, empero no como yo quiera; sino como Tú" o lo que es lo mismo: "cúmplase en mí tu voluntad”. ¡Qué dura se nos hace a veces la voluntad de Dios!
Cuando yo era pequeña, me cuenta mi madre que, estando en una ocasión gravemente enferma, ella no se atrevía a decirle a Dios que se cumpliera Su voluntad. Tenía miedo. Yo era muy pequeña y muy querida, pero cada vez me agravaba más. Hasta que en un momento pudo decidirse, sabiendo que Él era el único que iba a hacer lo mejor en mi vida. Ella al fin me colocó en Sus manos y dijo: “Hágase tu voluntad”. Y Dios quiso sanarme.
Como humanos, nos aferramos a muchas cosas que amamos. Hay situaciones en las que nos cuesta mucho decir que se haga la voluntad de Dios, y cómo sufrimos, pero por dura que nos parezca Su voluntad, siempre será lo mejor. Cuando le amamos y aceptamos que Él es nuestro todo en todo, podemos decir: “Hágase tu voluntad”, y cuando así lo hacemos, Él acepta nuestra entrega de amor, y descansamos y es cuando reina la paz y nuestra vida se llena de tranquilidad, de sosiego y esperanza. Cuando yo acepto Su voluntad siento que es algo así como si el desierto floreciera, como si de la peña brotara agua fresca, y dentro de mí tengo una respuesta satisfactoria; he hecho lo correcto, y estoy gozosa con lo que el Señor decida.
Me uno al dulce cantor de Israel para decir: “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón”. Señor, hágase tu voluntad.
Está unido a mi alma

Podía este día llorar su ausencia, pero lo que quiero es volcar mi alma en agradecimiento a mi Dios por haber tenido un padre como el que yo tuve. Me prodigó calor, su compañía era mi contento; su ternura dejaba un sabor agradable en el paladar de mi alma; su comprensión me hacía acercarme a él. Logró que me sintiera importante y amada. Cuando él estaba presente, el miedo desaparecía. Traía a mi vida un mundo de felicidad. Cuando él estaba, me dejaba ver que yo era lo mejor del mundo, y cuando lo necesitaba, podía llamarle sin importar la hora que fuera, todo su tiempo era para mí. No hubo algo que yo recuerde que él no lo consiguiera, trabajaba incansablemente por complacernos a mi madre, a mis hermanos y a mí.
Nací en un hogar humilde, y carecía a veces de lo más imprescindible, pero no lo sabía, porque con la sola presencia de mi papá parecía que lo tenía todo, ese era su don. Mi padre no emitía una sola queja, ni un reproche a nuestro Señor y Dios, todo era hermoso a su paso. Se detenía a contemplar una florecilla silvestre, una alondra, una puesta de sol… bendecía a Dios cuando la lluvia se dejaba caer mojando la tierra. Todo lo que creó el Señor tenía grandeza y belleza para él y eso era lo que me impartía.
Me enseño a obedecer a Dios y a respetar Sus leyes. La Biblia era el libro sagrado donde podía pasarse horas leyendo con admiración y embeleso. Sus explicaciones las podíamos entender, porque dialogaba con nosotros, sus hijos, sin apuro, y rebuscaba palabras para que no quedara duda en nuestro corazón. Me enseñó cómo se ama la pareja, con esmero y delicadeza. Él tenía un cuidado especial hacia mi madre.
¡Cómo le agradezco a mi viejito todas sus enseñanzas! ¡Qué sabio fue! Me enseñó que el bien al prójimo es algo esencial en la vida, que todos tenemos que caminar juntos hacia la Canaán prometida; que debe haber firmeza de carácter y que a la familia se debe entregar uno de cuerpo y alma. Así lo hizo él, y siento que su alma se unió a la mía mientras viva. Está tan pegado a mí, que aún en sus ocho años de ausencia puedo verle y sentirle con los ojos de mi corazón. Su sonrisa, su gracia, sus buenas obras no pueden desprenderse de mí. Trabó de mi corazón de tal forma que quiero hoy y siempre agradecerle al Dios del cielo por haberme dado un padre tan completo, tan cristiano, tan amoroso, porque por él supe lo que es el amor verdadero. Su cuidado fue con ternura de madre, prodigándonos todas las atenciones que un hombre de bien puede dar.
Por eso hoy recuerdo a mi padrecito, mi querido viejito. Y en nombre de ese dulce recuerdo, quiero decirle a todos los padres: ¡Felicidades en este lindo día, su día!