Nuestro Dios es más grandioso y maravilloso de lo que podemos imaginarnos, por eso ¡merece todo nuestro respeto, lealtad y amor! Su inmensurable amor para mí es la maravilla más grande.

Leamos unidos Juan 3-16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” Og Mandino nos hace reflexionar: “Eres el milagro más grande del mundo”.

¿Es débil tu corazón? ¿Tiene que luchar y esforzarse para mantenerte con vida? No. Tu corazón es fuerte. Pon tu mano sobre el pecho y siente su ritmo, bombeando hora tras hora, día y noche.  Treinta y seis millones de latidos al año, año tras año, despierto o dormido, impulsando la sangre a través de cien mil kilómetros de venas y arterias, llevando más de dos millones de litros de sangre al año.  El hombre jamás fue creado como una máquina. ¡Qué maravilla! Pero ¿habrá algo más grande que saber que Cristo murió por mí, que me perdonó siendo yo un pecador? ¿Que pagó mi grande deuda que yo con nada podía pagar? ¿Que me tiene un lugar hermoso? Lugar donde reina el gozo, donde no existirá el dolor, donde todos alabaremos sin cesar al que me amó de tal manera que no estimó sacrificio.  Y lo hizo por mí, para darme un lugar eterno, el cual todavía no puedo llegar a comprender, solo puedo imaginar tanta perfección. Por eso, embelesada y admirando tanta gracia y amor, exclamo: Es inmensurable el amor del Dios de las maravillas.

“En la medida que entendemos la grandeza de Dios y sus maravillas en nuestra vidas, nos sentiremos agradecidos por todo lo que nos regala”.