Envidia: Disgusto o pesar por el bien ajeno.

Leí la historia de dos águilas. Una de ellas tenía envidia de la otra porque podía volar más alto que ella. Entonces la menos capaz encontró un tirador que tenía arco y flecha y le dijo: “Deseo que mates a esa águila volando en el aire. El cazador le dijo que lo haría si tuviese plumas adecuadas para sus flechas. Entonces el águila envidiosa arrancó dos plumas de sus alas y se las entregó. El cazador disparó sus flechas pero ellas no alcanzaron al águila, que volaba demasiado alto. La compañera envidiosa siguió arrancándose las plumas hasta que al fin se sacó tantas que no pudo volar, el cazador tomó ventaja de la situación y la mató.

Si dejas entrar la envidia a tu corazón a la única persona a la cual harás daño es a ti mismo, y tendrás que sufrir las consecuencias,  ya que la envidia genera codicia y va conduciendo a otros pecados que hasta puede llevar a la persona a la muerte. Es un peligro ser envidioso.

Como el águila de nuestra historia la envidia viene del corazón, porque es parte de nuestra vieja naturaleza.  La palabra de Dios nos dice que es un fruto de la carne. Jesús enseña que ese sentimiento se anida en el corazón y contamina al hombre. “Porque donde hay envidia y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa”. Si permitimos que el amor de Dios llene nuestras vidas, aprenderemos a alegrarnos por las bendiciones que otros reciben, porque el amor no tiene envidia.

Miremos a la envidia como algo terrible y dañino, que nos aleja de Dios.