“La paciencia es un ejercicio de amor, fe, y humildad que hace crecer a las personas”.

Nosotros somos ocho hermanos, la mayor se llama Rodes, después nació Suni, la tercera soy yo, Merari, Liccy la cuarta, Milca la quinta, el sexto Roberto, séptimo Arturo y por último Orfa, la pequeña. Mi papá ya era bastante mayor cuando nació mi hermanito, el más pequeño de los varones.  Así que su nacimiento puso eufórico a mi padre. Cuando aprendió a caminar  él lo llevaba a todas partes. Siempre andaban juntos, tomados de la mano.  Algunas personas en la calle le gritaban: “¡Cómo se quieren a los nietos! Y él, radiante, seguía con su niño.  Los dos se entendían a las mil maravillas.  Le contestaba todas las preguntas, de esas que inquietan a un pequeño, y ese padre paciente le daba unas buenas y largas explicaciones.  Aquel niño con hambre de saber se las bebía con el mismo gusto que el sediento que bebe un vaso de agua fría para mitigar su sed.  Así iba creciendo el niño y adquiriendo conocimiento.  SS. Francisco dijo: “La caridad, la paciencia y la ternura son un gran tesoro.  Quien lo tiene, lo comparte con los demás”.

Aquel hermanito nos despertó a todos el deseo de quererlo y cuidarlo.  Cuando todavía no sabía hablar, le llamaba a todo “lepe”, y cuando quería diferenciar a lepe de otra cosa, lo llamaba “lepa”.  Él nos alegraba a todos. Patinaba como una persona mayor. Sabía deslizarse increíblemente.  Aquellas eran unas buenas horas de expansión. Era travieso, siempre recordaremos cuando, no sé cómo, agarró una lata de lusbrillante y tomó un poquito.  Todos pensamos que se moría.   Mi mamá elevó una oración, suplicando misericordia, al que todo lo puede y la respuesta divina no se hizo esperar, enseguida vomitó lo que había ingerido.  ¡Cuántos milagros recibimos de Dios en los hogares donde hay padres llenos de fe! Los niños, en su inocencia se exponen constantemente al peligro.  Verdad que es el ángel de Jehová que los defiende y cuida.  Nunca dejen de presentar ante Dios, a sus hijos, porque Dios vela por ellos.  Nosotros, por más cuidadosos que seamos, no podemos abarcar todos los peligros que ellos mismos se buscan.  En el Salmo 127.1 leemos: “Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican.  Si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guarda”.

Continuará…