Recuerdo mi tiempo en la escuela, quería mucho a mi maestra, pero era muy tímida para demostrárselo.  En una ocasión por no pedirle permiso para ir al baño, tuve un accidente, ¡ya se podrán imaginar….! Preferí levantarme con la ropa mojada, que alzar la mano para pedirle permiso. Así son algunos niños. Pero era buena alumna y la maestra me quería.

Un día a la hora del recreo un niño comenzó a decirme cosas muy bonitas, yo sentía tanta vergüenza y me puse tan nerviosa al escucharlo, que salí corriendo.  Él me persiguió y aterricé en el patio de la escuela.  Me llevaron a la oficina con las piernas y codos raspados, para que me limpiaran y me echaran yodo, para evitar la infección, no fui capaz de contarles lo que me había sucedido.  Al salir de la escuela, los demás niños comenzaron a molestarme, de tal forma que provocaron a mis hermanas a defenderme.  Tomaron piedras en las manos y… él y sus amigos huyeron.  ¡No quieran ver a unas hermanas preparadas en defensa de la otra!  A mis sesenta y cuatro años, que son los que cumplo ahora, todavía al hacer memoria de esto con mis hermanas, reímos.

A uno de mis hermanos no le gustaba ir a la escuela y así llorando y lleno de aflicción, mi papá se lo llevaba de la mano directo a la escuela, porque si había algo que no toleraba él era que uno de sus hijos faltara a clases.  En mi casa eso estaba prohibido.  Mis padres sabían lo importante que era el estudio, y se los agradezco de corazón.  Después de clases, mi papá nos llevaba a la biblioteca para que leyéramos libros instructivos.   Admiraba la paciencia de mi papá. “La paciencia es el eje moral y el gran secreto de las almas serenas”.

Con ternura de madre nos cuidaba mi papá.  ¡Qué viejo más bueno! En una ocasión me inspiré y escribí acerca de él y lo llamé mi gran roble invencible.

 

Mi Viejo Roble Invencible

Cómo te admiré siempre, viejo roble, por la grosura de tu tronco, por tus grandes ramas, por tus hojas perennes, por tu fuerte madera compacta. Cuántos embates recibirías con tantos años, cuantas embestidas del mal, cuántas tormentas y sacudidas sin poderte mover. Siempre admiré la profundidad de tus raíces. Bajo tu follaje, todo el que se acercaba recibía sombra y protección. Le dabas a todos, con tu fuerza, la alegría del que sabe vivir. Abarcabas como el que sabe que está de pasada, como el que lo comprende todo porque lo ama todo, sabiendo agradecer lo mismo cuando llovía que cuando salía el sol. Admirando lo creado, sabiendo que el Dador de toda buena dádiva tenía una gracia especial para ti. Y tú la recibías como lluvia temprana. ¡Cómo se aprende de los viejos robles! Viendo en cada amanecer una nueva oportunidad del Creador, para bendecir y dar como tú sabías. Desde sonrisas espléndidas y agradables, hasta admirar lo más pequeñito hecho por el Señor. Sabiendo que en todo lo creado hay sabiduría y un plan diseñado trazado para el hombre.

 

Te recuerdo hoy, el día de los padres, pero no con tristeza, sino con satisfacción, sabiendo que tu vida fue una bendición aquí en la tierra. Que prodigaste amor a diestra y siniestra, y que te adelantaste para la otra vida que te espera con el Señor. Y qué estás esperando a los tuyos que tan fielmente supiste conducir por el camino hacia la eternidad. Me dejaste los más preciosos recuerdos de fortaleza y entrega. Dándote para todos y por el bien de todos, conociendo que fuiste roble para cobijar, para dar descanso, para traer tranquilidad, para soñar, para aliviar, para embellecer, para ayudar, para socorrer. Cumpliste excelentemente tu misión. Si hoy tengo que llorar, es de gratitud a Dios por darme mi viejo roble invencible.

Recordando a mi Padre Fermín Mondéjar, en este día especial de los Padres.

 

 

Él dedicó mucho de su tiempo en acompañar a la hija más pequeña, horas interminables, a sus clases de piano, porque no le gustaba que fuera sola.  Nunca lo oí quejarse.  Nos cuidaba como su especial tesoro.  Nos preparaba maleticas para guardar nuestros libros de escuela y que se nos hiciera más cómodo llevar nuestro equipaje.

Mi mamá nos cosía la ropa con la que nos vestía a diario. ¡Qué padres! ¡Sabían hacer de todo! Siempre íbamos limpios y atendidos a la escuela. Muchas veces no teníamos dinero para comprar el almuerzo, pero si ellos conseguían algún centavo, allá se aparecía mi padre a la escuela para comprarnos algo de comer.  Qué alegría nos causaba verlo.  Uno de esos días que no teníamos para comprar la merienda a la hora del recreo, a una de mis hermanas le regalaron una galleta, y ella no fue capaz de comérsel sola.  Recorrió cada aula donde nos encontrábamos, le pedía permiso a la maestra para vernos, y nos daba un pedacito de esa galleta.  Al escribirlo, todavía se me empañan los ojos de lágrimas por esa expresión de amor, de unidad, de compañerismo.  Así éramos, así crecíamos.  Nos apoyábamos, nos queríamos, y entrelazadas en ese núcleo de diez personas, seguíamos cada día venciendo cualquier escollo del camino.

Continuará…