Ya estaba en casa.  ¡Qué acogedor! Como ya expliqué, la forma en que me recibieron no podía ser mejor.  Ellos también me habían extrañado mucho.

Era la temporada cuando las matas de mangos estaban cargadas de su fruto delicioso.  El peso de los mangos jugosos doblaba sus ramas e invitaban a comer.  Mis hermanos y yo nos sentábamos frente a una palangana llena de mangos, y comíamos hasta saciarnos.  Todavía me encantan los mangos.

Recuerdo cuando era el tiempo de las guayabas los vecinos elaboraban cascos de guayaba, y las semillas que ellos desechaban, nos las mandaban, y nosotros las disfrutábamos.  Viene a mi mente cuando en la temporada de los tomates, mi papá nos enseñó a echarlos en un vaso y ponerles azúcar sabrosa de caña para así comerlos.  ¡Mm…Cómo me gustaba!

El guarapo de caña nos encantaba. ¡Qué delicia!

Cómo nos divertíamos viendo pasar a un chinito frente a la casa por las tardes, vendiendo caramelos, pregonaba: “Azúca, papé, palito, tles cosas pol un kilito”. (En Cuba al centavo se le dice kilo). El azúcar era con lo que él preparaba los caramelos, le insertaba un palito en el medio, para llevarlo a la boca. Y los envolvía en papel transparente, eran de unos colores preciosos, nosotros lo conocíamos como pirulí. Allí nos reuníamos los niños para comprar y reíamos por las ocurrencias del chinito.

Como éramos muchos hermanos, ideábamos un montón de juegos, como brincar suiza, jugar a los yaquis, que era mi juego preferido.  También teníamos una chiva, que la recuerdo brincando con mucha gracia de un lugar a otro, porque la rodeábamos y aplaudíamos cantándole: “La Srta. Chiva entrando en el baile, que la baile, que la baile”. Yo no sé qué era aquello, pero la chiva nos entendía, y se divertía con nosotros. Eso sí era reír a carcajadas de buena gana.  ¡Qué tiempos!

Ya en casa todo era muy acogedor, no sólo era jugar.  También recuerdo que parada en un solo pie, porque mis pies seguían enfermos, yo hacía mi obra misionera frente a mi casa, y desde allí repartía unos tratados de la iglesia.  Nunca se me olvidará que en esa ocasión repartí doscientos.  Me sentí realizada.  Y para que el gozo fuera completo, vino a visitarnos y pasar unos días con nosotros mi tía Clara.

Continuará