A la edad de 7 años, mis pies se llenaron de unas llagas que los iban cubriendo.  No podía ponerme zapatos y por lo tanto no asistía a la escuela.  Mi tía Lita me daba clases, así aprendí a leer y escribir.  Cuando logré ir a la escuela me pusieron en tercer grado, quiere decir que ella me dio muy buenas lecciones, que todavía le agradezco.

También padecí mucho de las amígdalas y caía por períodos de largos días con fiebres muy altas a causa de la infección.  Muchas veces, el cuello se me quedaba virado, sin poder enderezarlo por semanas.  Pero todas esas aflicciones me hicieron más amiga de Dios, porque me acercaban a Él, en pláticas constantes, ya que permanecía todo el tiempo sentada, no podía caminar debido al problema de mis pies, me arrastraba por el piso, pues no se sanaban, aunque me llevaban al mar para meterlos en agua salada, y ver si había una mejoría.  Mis tías me hacían  

unas fuertes limpiezas, me remojaban los pies en agua y me arrancaban todo lo malo, pensando que esa sería la mejor forma de ayudarme, pero aquello no resultó ser bueno, y cada día empeoraba, porque el tratamiento no dejaba secar las postillas para que solas cayeran y saliera piel nueva.  No puedo olvidar los gritos que yo daba diciendo: “Ven Jesús y llévame contigo”, por el terrible sufrimiento que eso me causaba.

Me pasaba las noches enteras llorando por el dolor del pus que se iba creando.  Eran noches interminables de angustia, pero siempre pedía el consuelo de ese fiel amigo que no falla, y que es para todo el que sufre la más tierna de las compañías.  Yo tenía fe que Él me oía, y esa fe ha perdurado en mi corazón por siempre.  Es lo que me ha sostenido a través de los años.  Lo hice mi compañero de viaje desde niña, y no sé caminar sin Él.  No puedo gloriarme por esto, en ninguna manera, ya que todo viene de Su mano buena, y Él es el que da el querer como el hacer.  Así que la gloria es para el Señor Jesús, nuestro amado Salvador.  “Porque Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13).

Todos estos padecimientos traen consigo bellos testimonios de sanidad divina, de ese Dios maravilloso.  En Su Palabra leemos: “¿Está alguno enfermo entre vosotros?  Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor” (Santiago 5:14). El apóstol Ángel María le pasó un telegrama a mis padres que vivían en Cascajal, y les dijo que fueran a la provincia de Matanzas y lo esperaran en la ciudad de Colón para hacerme la sanidad Divina. Y así lo hicieron  ungiéndome con aceite, haciendo primeramente mis padres la oración de arrepentimiento.

Después de eso, mis padres me llevaron de vuelta a casa, donde comenzaron los tiernos cuidados de mi mamá.  Cada día y cada noche, antes de acostarme, ella me ungía todas esas llagas, una de mis piernas se había puesto muy delgada por la falta de ejercicio.  Y ella, con  amor y paciencia de madre, agregando una buena porción de fe, me daba masaje con el aceite santificado pidiéndole a Dios por la recuperación de mi pierna.  Y así, en su perseverancia, vimos el milagro.  Mi pierna mejoraba por día, y sanó de tal manera, que ni las marcas quedaron.  Glorificado sea el Señor por siempre.  Amén.

Continuará…