Hace unos días pude ver a un niño contando unos pocos dólares que su madre le había dado.  Él había sido invitado a pasear y le iban a proveer de todo, pero su mamá, siendo pobre, se quitó todo lo que tenía para dárselo al hijo que se iba a ausentar por unos días.  Mis entrañas de madre se conmovieron al ver esa linda acción, y enseguida vino a mi mente el relato de la ofrenda de la viuda. En la palabra de Dios encontramos un caudal de bellas y ricas lecciones que pueden ayudarnos grandemente en nuestra vida cristiana.  En el Evangelio de San Lucas 21: 1-4: “Y mirando, vio a los ricos que echaban sus ofrendas en el arca.  Y vio también una viuda pobrecilla, que echaba allí dos blancas.  Y dijo: De verdad os digo, que esta pobre viuda echó más que todos.  Porque todos estos, de lo que les sobra echaron para las ofrendas de Dios; más ésta de su pobreza echó todo el sustento que tenía.”

 

Dos cosas vio Jesús, vio la diferencia entre la ofrenda de los ricos y la de la viuda. Ellos daban de lo que les sobraba, mientras que ella daba todo su sustento, todo lo que tenía.  Aquí podemos notar cómo Dios se fija en los corazones de los hombres. Jesús hizo un reconocimiento público de ese hecho al decir que echó más que todos, aunque era poco comparado con la ofrenda de los ricos, pero era todo lo que tenía.  Jesús no pasó por alto la obra de esta pobre viuda.  Dios se fija en todo, no pasa por alto lo que hacemos. Dios tiene todo registrado, por eso cuando damos algo, lo que tiene mérito es el amor con que lo ofrecemos, no la cantidad.  Cuando demos, hagámoslo con verdadero espíritu de caridad, por amor a Dios y a los nuestros.  Seamos generosos como Jesús quiere que seamos.  No me sobra, no tengo de más, pero quiero dar lo que tengo con fe, como la viuda, sabiendo que Dios proveerá.  Alarga tu mano, y la bendición de Jehová no se hará esperar.  Da con alegría, de buen ánimo, que “Dios ama al dador alegre”.