Hoy le pedí a Dios que me cuidara.  Que estoy consciente que soy frágil y no quiero ofender Su santidad.  Le pedí que velara por mí, porque no es suficiente mi propio cuidado.  Me siento indefensa ante los ataques de nuestro Enemigo que se ensaña contra nosotros.  Necesito Su fortaleza para triunfar.  Hay tantas distracciones, tanta confusión, tanta facilidad para que nuestros pies se desvíen de la senda y divaguen por otras veredas.  En medio del entretenimiento y descuido, embriagados de los deleites mezquinos que nos pueden tragar como remolinos, desapareciéndonos y  tratando de desviar nuestra vista del blanco, el premio que es en Cristo Jesús.  No quiero manchar mi vestidura con la que tendré que presentarme delante de Él.

 

Hoy le dije que es tan fuerte la lucha de las corrientes contrarias, que lo necesito para que sostenga mis brazos fuertemente y no me deje hundirme en el lodo de la maldad, de las malas obras, del desatino, del descuido.  Le pedí que arrancara la mala hierba de los prejuicios, los sinsabores, la mala plaga del orgullo y la pasión que ahogan la fe y manchan la conciencia y el decoro, y al corazón lo plagan  del veneno de los celos y envidias, que se levantan como pirámides para destruir las buenas obras, el compañerismo, la buena voluntad, la dulzura, la buena conciencia.  En fin, el amor… qué es lo que rige el corazón de todo buen cristiano, para que se levante puro, limpio y santo para Dios.  Dejando las bajezas de las malas intenciones, y las raíces de amargura que no compaginan con una vida limpia, en la que imperan la justicia y la santidad.  Le pedí que así, en humildad y oración, quisiera estar, hasta ese día, lleno de gloria, cuando Él venga a redimirnos, libres ya de azotes y malos pensamientos, ensalzando al Único digno, domando ya a nuestra vieja naturaleza, el hombre primitivo que no conoce de cordura y sensatez, para alcanzar un cuerpo nuevo y una vida nueva con Cristo, donde todo será gozo y paz por el espíritu Santo.

 

Todo esto le pedí, porque quiero brincar la muralla del pecado para esconderme allí, bajo Su regazo y mantenerme guardada hasta Su venida, que ya no tarda, para vivir una vida plena con Cristo en las mansiones celestiales donde me espera, ¡aleluya!