Abandónate en sus brazos y no sufras más, fueron mis palabras o mi consejo para aquel muchacho afligido, lleno de preocupación.  Con tristeza  pude notar que no se había refugiado en Dios.  Lo abrace y le dije: “Cree, porque al que cree, todas las cosas le son posible. Todo va a estar bien, muchacho”.  Yo aprendí a través de los años, en medio de sufrimientos, a abandonarme en los brazos de mi Dios, y me digo a mí misma: «Si yo creo que Él tiene todo el control, es dueño del universo, y todo se mueve a Su voz, si la creación obedece Su mandato, ¿por qué tanta preocupación?  Además, hay cosas para las que yo no tengo la solución, y como humana puedo sufrir, hasta cierto punto, lo demás Él lo resuelve.  Aprende a abandonarte en Sus brazos, es lo mejor.

Qué bien se siente estar sostenida, apretada en unos brazos fuertes y tiernos a la misma vez.  Experimentas un abrazo suave que te llena de paz y esperanza en el corazón.  Te transmite sosiego y paciencia para esperar cuando sea Su voluntad y cuando Él lo designe, porque yo no puedo llegar a ver lo que Él ve.  Pero una cosa sí sé, que lo que Él decida va a ser mejor que lo que yo desee, porque Él me ama mucho más de lo que yo puedo amarme, y me conoce mejor que lo que yo pudiera conocerme, y sabe lo que es mejor para mí.  Cuando estoy en Sus brazos tengo la certeza de estar en el mejor de los lugares.   Él no traiciona, ni abandona, Él quiere lo mejor para mí, y me cuida como la niña de Sus ojos.  Qué confortante es saber esto, si siempre entendiéramos así sufriríamos menos, nos preocuparíamos menos y pondríamos nuestras cargas sobre Sus hombros, que son más fuertes que los nuestros, porque son capaces de sostener cualesquiera de nuestros problemas.  Nosotros podemos ver todo tan grande y difícil, si desconocemos al verdadero Jesucristo.  Él todo lo puede, no hay dificultad que no pueda cambiar.  Son Su voz de mando nada se hace esperar, y una cosa puedo decirte, no hay deleite y dulzura más grande que estar abandonada en Sus brazos.  Ahí en Su regazo está toda la tranquilidad y el bienestar nunca antes conocidos.

 

Como le dije a aquel joven en su preocupación, te digo a ti también.  Hoy abandónate en Sus brazos, esa es la mejor medicina para el enfermo, la mejor consolación para el alma triste, el más dulce de los sentimientos para el despreciado, solo y abandonado, la mejor de las caricias para el huérfano y la viuda.  Y para el pecador, el mejor  perdón, porque en Sus brazos te olvidas que existe el dolor, porque Él sabe penetrar hasta el último rincón de tu corazón llenándolo de solaz.