Lo más importante del tabernáculo era que la presencia de Jehová estaba allí. Dios estaba detrás del pesado velo.  Cuando Jesús murió en la cruz, el velo se rasgó.  Quiere decir que ahora está abierto y libre el camino hacia el cielo, por medio del cuerpo de Cristo en la cruz. “Porque con una sola ofrenda hizo perfecto para siempre a los santificados”. (Hebreo 10:14)

Del mismo modo, la presencia de Cristo en nuestras almas es el hecho más importante, habiendo desaparecido el velo de separación y no habiendo, por parte de Dios, ningún impedimento para acercarnos a Él. “Vayamos confiados al trono de Su gracia.  Entremos al lugar santísimo. Porque no tenemos un pontífice que no se pueda compadecer de nuestras flaquezas; más tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”. (Hebreos 4:15)  

 

Permítenos que diariamente estemos en comunión contigo aquí en la tierra, para acostumbrarnos a estar a tu lado en la gloria del cielo cuando lleguemos allá. Que nada nos impida estar en el lugar santísimo, que muramos cada día para levantarnos transformados. Rasga el velo de nuestro egoísmo, aunque sea doloroso, despójanos de lo que nos impide crecer a tu lado, así como rasgaste en dos el velo del templo, para que nos acerquemos a ti en plena certidumbre de fe.

Por medio de su sangre tenemos entrada al Trono de la gracia.