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La oración cambia las cosas.  Te llena de aliento, paz y firmeza.  Te consuela y encamina por sendas de amor y perdón.  Te da refugio y te hace victorioso en el dolor.  Te restaura y pone una dulce canción en tus labios.  La sonrisa aparece en tu corazón y hay embeleso de quietud en el alma. 

Cuántas cosas hermosas podemos disfrutar cuando oramos; la paz del corazón se restablece y hay himnos de adoración, alabanzas que embellecen el rostro e invitan a la santidad y la comunión con el Padre celestial.  No hay nada que alumbre todo como la oración, se disipan las nubes, se vislumbran las estrellas en la más densa noche, hay un sinfín de gorjeos en el horizonte y un aire acariciador nos envuelve llenando el alma de tranquilidad.  El trato se hace suave y la endecha se convierte en expresiones tiernas de gratitud, extasiado por el impacto de Su presencia, que es como una caricia amorosa y perfumada de un aroma exquisito, llenando el lugar y espacio con Su cariño, con la tranquilidad que imparte esa brisa reconfortante.

La oración te hace sentir como la más especial de las almas renovadas; especial para Él. La oración te hace estar en armonía con tu Creador, te levanta del hueco en que has caído, te aviva los pasos cuando ya no puedes más, te prepara para la batalla, te sostiene cuando estás a punto de caer.  Te alumbra en la más densa niebla.  En la peor de las desilusiones, te llena de esperanzas.  Y cuando tu corazón haya sido robado por la duda, la oración te lo devolverá con fe.  Cuando la debilidad te tenga postrado, la oración te levanta con fortaleza.  La oración te prepara para la batalla de cada día, del bien contra el mal.  Te alivia las penas y te consuela en la desesperación, ella cambia tu lloro en un hermoso himno de victoria.

¡Cuántas cosas hace la oración! No te pierdas estas delicias, y comienza a orar.