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 ¡Qué lindo es ese niño! Me impresionó su bella mirada, la alegría de su alma pura, y su rostro bondadoso, pero  me consterné al verlo tan sucio.  Sus manitas ásperas a pesar de ser tan pequeñitas, su ropita andrajosa, sus zapatos sucios y su mal olor penetrante daban a entender el poco cuidado y la falta de atención de aquel niño.

En medio de tanto abandono, lo vi como una gema tirada en un montón de lodo, su mirada me decía del sufrimiento que ya había vivido en sus pocos años. Se veía como quien a fuerza del dolor ha madurado antes de tiempo. Hablé poco con él, pero sentí un dolor que me taladró el corazón, y dije: “Este niño viene de un hogar destruido por el vicio”, y lloré por todos los niños que tienen hogares rotos, padres entregados a la vida corrupta donde se obra sin remordimientos. Se les pega y castiga sin estudiar las heridas que les causan dentro de sus tiernos corazones, y así vienen al mundo cargando pesares, sin todavía saber lo que eso significa. Son castigados con un sinnúmero de palabras indecorosas, ellos no han de entender tanto desatino.

Los niños sucios de la calle, ¡cómo me duelen! Lo tomé en mis brazos y lo apreté tan duro, queriendo refundirlo en mí, queriendo borrar con mi apretón el sufrimiento tan grande que carga, teniendo un almita tan chiquita.  Imploro al cielo que los cuide, que los proteja, que los limpie, que los lave, pero no a sus cuerpecitos y caritas, sino que  lave las heridas de sus corazoncitos tiernos y rotos. Que los unja y les frote con su divino ungüento, para que sigan creciendo y no se les amargue su alma limpia. Que nunca el alimento les falte, y que siempre se encuentren a alguien bueno que les comprenda y se ponga en su lugar, como me puse yo con aquel niño sucio.