Hace unos días tuve una tremenda experiencia. Un hermano en la fe de Jesucristo me llamó a un cuarto que hay dentro de la iglesia y me dijo: “Merari, quiero pedirte perdón, porque me he sentido mal y yo quiero estar bien delante de Dios”. Yo le puse mi mano en su hombro y le dije: “¡Claro que tienes mi perdón! Tú eres mi hermano, y en el camino tenemos roces, y algunas cosas nos pueden lastimar, pero ¡cómo no voy a perdonarte! Hagamos como nuestro Dios, que tira a lo profundo de la mar nuestros pecados, y no se acuerda más de ellos. Olvidemos todo y sigamos juntos caminando hasta llegar a la meta”. Él quiso hacer una oración de arrepentimiento, oró con lágrimas que me conmovieron. Luego yo hice otra oración.

Qué experiencia tan hermosa y gloriosa es la del perdón. En la llamada a la reconciliación, Jesús no solamente nos dice que si tenemos algo contra nuestro hermano debemos reconciliarnos con él, sino que además nos dice que si nuestro hermano tiene algo que reprocharnos, si tenemos alguna queja contra quien sea, debemos dejar nuestra ofrenda allí e ir antes a reconciliarnos con nuestro hermano.

Quiere decir que el proceso de reconciliación es un proceso de conversión, de conversión interior profunda, de cambio de mirada y de cambio de corazón.

Querido amigo que lees, te invito al cuarto del perdón. ¿Alguien te hirió? ¿Te sientes mal o piensas que alguien se siente mal por algo que hiciste? No dudes de llevarlo al cuarto del perdón. Deja allí tu dolor y pesar, y experimenta el gozo que se siente cuando cumples y obedeces la palabra de Dios. No vengas al altar con problemas, primero vuelve en amistad con tu hermano. ¿Es mucho el dolor? ¿Tanto te hirió que no midió consecuencias? Si la respuesta es un sí, recuerda que el cuarto del perdón te espera, no te pierdas esa tremenda experiencia.