cielo210307                                                       Hoy te sentí, Padre amado. Qué dicha más exquisita, qué dulce aroma me envuelve estando a tu lado. La felicidad es inexplicable, porque estar a tu lado tiene un sabor de gloria con rocío perfumado. Tu calor me abriga del frío atroz. Qué dicha hay en el hombre que siente tu abrazo, hay una quietud íntima, y sacias el hambre del que se ha acostumbrado al mendrugo. No hay sed que no puedas mitigar. No hay cómo estar contigo, tu majestad no la puede contener el hombre, y aun así, llena el alma y se satisface cualquier necesidad del corazón.

Hoy, al sentirte, sentí sanar mi corazón de las heridas del pasado, de la soledad que tiene el alma que no te siente, y hubo un aleteo de palomas dentro de mi espíritu. Hoy recupero fuerzas y brilla una nueva esperanza, y siento que mi fe se abre paso, siendo capaz de aplastar la duda. Hoy puedo entonar acordes de perdón que armonizan con tu amor. Hoy he reído con risa contagiosa, llena de paz, y también he llorado de dicha al sentir que me envuelves en tu manto de misericordia. La tristeza desapareció, y hay una sinfonía indescriptible en mi alma irradiante de tu luz. Hoy se ausentan las tinieblas y vislumbro tu mirada desde lo alto.

Desde las alturas, el firmamento cobra sentido, y el alma se viste alas que se elevan con el anhelo de lo eterno: ese día de gloria que nos espera, cuando hemos de tener un nombre nuevo y haya en nuestros labios una canción perenne. Todo esto es porque te sentí, Jesús. Cómo será cuando esté contigo en esa felicidad por siempre, sin memoria de esta vieja naturaleza, con sus deseos y exigencias, para gozarme perpetuamente allá en la eternidad que me tienes reservada. Amén.