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  Cuando la oruga sufre la metamorfosis, deja de ser un gusano despreciable para convertirse en una bella Mariposa. Ya no se arrastra más, ahora vuela y sube hasta alcanzar las alturas.

Señor de todo lo creado, ¡qué amante y paciente eres! Me siento maravillada y extasiada por el prodigio que tú obras en el hombre. No importa hasta dónde llegue su dureza, ni lo fuerte que sean las cadenas del vicio en que se halle atado, tú obras maravillas en él. Su desvío no representa un impedimento, porque hasta el más indigno, cuando tú lo tocas, cuando tú lo ordenas, recibe el milagro de la trasformación, como el de la crisálida, para llevarle a la perfección de acuerdo a tu plan perfecto.

Por eso mi alma te rinde loores, y honra tu nombre y te glorifica, porque no hay otro Dios como tú. Tú sigues obrando en nuestros corazones, transformándonos, perfeccionándonos, limpiándonos con tu fino pincel. El arte exquisito de tu santa mano sigue retocándonos, puliéndonos, para llegar a suavizarnos, para que el acabado sea hermoso y lleno de adornos. Para afinarnos en la alabanza sublime de la santidad, que son las alas que nos permiten volar muy alto hasta llegar allá donde tú estás. Allí en tu trono impresionante de gloria y majestad, donde nos esperas con tus huestes celestiales, donde cantaremos el himno de santidad, allí entraremos un día con nuestros rostros resplandecientes de santidad y gloria por la gracia de tu Hijo amado.

A veces esa obra que realizas con nosotros aquí en la tierra nos parece lenta, pero es constante. Tú nos conviertes en hijos dóciles, obedientes a tu voz, a pesar de las pruebas y los dolores que aquí sufrimos, porque con ellas se nota en nosotros el cambio de la metamorfosis.