manzana Qué linda y jugosa se ve esa fruta. Es codiciable. Buena a la vista y agradable para comer. Comenzar a rodearla es querer probarla. Su color te embruja. La fruta te atrae, te arrastra, y el deseo te ciega los ojos del alma. El oído está atento a la voz engañadora: «pruébala vas a alcanzar conocimiento». Y al alargar la mano para tomarla, te vence la euforia del momento. Te vence la fuerte emoción de gustar algo tan exquisito que te envuelve en seducción y pasión, para después darte cuenta que es sólo un espejismo. Luego queda un profundo dolor inimaginable, una desilusión, un deseo de ocultarte como la primera pareja. Un ¿por qué? y un triste ¡si yo hubiera! ¿Qué fue lo que cegó el entendimiento? Tu misma concupiscencia, después de concebir engendra el pecado, y el pecado, siendo cumplido engendra muerte. Santiago 1:13-15

No permitas que su atractivo te haga cerrar los ojos y luches y persigas la fruta prohibida. Sólo te causará dolor y aflicción de espíritu, y te encontrarás desnudo y desprovisto. No hallarás dónde esconderte. Tendrás miedo, la desolación llegará a tu vida. Aléjate del árbol, no rodees la fruta, te puede engañar con su brillo y te sentirás indefenso para huir. Quedarás atrapado. Una víctima más del engañador, nuestro enemigo, que, desde el principio, su trabajo ha sido cautivar, enredar, amarrar con fuertes lazos al débil y descuidado que se acerca atraído por la belleza de la fruta.