El Se%C3%B1or es mi Refugio Acurrúcame en tu alma Cristo, y admíteme allí en lo profundo de tu corazón hasta que pasen los quebrantos. Mantenme así guardada, abrázame fuerte y déjame dormida en tu regazo, porque ya probé lo que es estar contigo y no quiero salir de tus brazos.

¡Cómo lastiman la indiferencia, el olvido, la incomprensión de los hombres! Oh mi Dios, ¡qué pequeñitos, y frágiles somos! Si tú no nos sostienes, nuestros pies se desvían, andan a tientas sin rumbo, sin destino, sin una meta, andando sin caminos, sin parada fija, como un vagabundo descubierto que ha perdido lo más grande: el encuentro contigo.

Guárdame Señor, como gorrión herido, que las saetas del mal no me lastimen. Resguárdame del árido desierto, donde el caminante muere perdido en un grito de pena, estirando la mano vacía sin alcanzar con ella el agua que le refresque su seco corazón de vivir sin la vida que eres tú, caudal para todo el que te busque en el sofocante calor de la llanura; en el cruel abandono; en la soledad.

Que en tu secreto esté yo cuidada del turbión, del volcán en erupción, del pecado que marca con su lava a todo el que lo alcance. Asegúrame en ti cuando el desasosiego destruya a los hombres. Yo contigo cantaré la canción de los que han vencido, porque el alma ha encontrado su refugio.