dia_del_padre  ¡Cómo duele tu dolor, hermano querido! Tú el fuerte, tú el valiente, tú el que lo alegras todo, tan sólo con verte. El que le da al día un sabor distinto, porque es grato estar contigo. Tus conocimientos cautivan nuestra mente, y al declamar nos haces vibrar de contento. Aquella noche que cenamos juntos quedará en mi recuerdo por siempre, querido Otto.

Tuve la dicha de estar contigo, de oírte recitar con la gracia que te envuelve y que cautiva y, por qué no decirlo, de llorar también contigo. ¡Qué indiscretas son las lágrimas! No había forma de retenerlas, y a la vez que una se desliza, siguen saliendo las demás corriendo como si las persiguieran, como si supieran que queremos esconderlas. Y ellas, traviesas en un apuro indescriptible, no se dejan guardar, y hay que olvidarlas y dejarlas escapar; dueñas del momento. Y cuando aliviada un poco está el alma que las empujó a correr, entonces somos dueños ya. Nuestra voluntad no las deja salir y comenzamos a reír después de gustar aquel delicioso manjar, oyendo prosas de buenos escritores, de esos libros que tú conservas para alimentar tu mente nutrida ya por el buen saber.

Aquella noche cantamos y oramos. ¡Cuántas cosas te quería decir!, pero lo único que con trabajo balbuceé fueron estas palabras: “Sabes que te quiero y me siento feliz de estar contigo esta tarde”. Siento que tú me pudiste comprender. ¿Qué más podría decirte para aliviar lo que no tiene alivio? Al corazón quebrantado únicamente lo puede consolar Dios. Y a Él acudo para que te de la fuerza, la paciencia, la victoria, en este trance duro. Que el conocedor del corazón del hombre sabe que tú como ningún otro estas siendo moldeando, y Él te está preparando con cincel especial, el de los redimidos, para que en aquel día cantes la canción de los que han vencido, de los que tienen el sello, porque han sido lavados en el lavacro de la regeneración.

Otto, sé que estás atravesando momentos difíciles y quiero que sepas que la distancia no me separa de ti. Estoy contigo. Toma mi mano, si eso puede consolarte, porque mi corazón y alma están junto a ti. Piensa que hay un pueblo de rodillas implorando por ti al dueño del universo. Ni un pajarillo cae a tierra sin ser visto por nuestro Padre celestial. Él nos tiene siempre presentes e intercede por nosotros. Que esto te consuele y te acerque a Su trono.

Te quiero y espero que te sientas abrazado por esas manos grandes e invisibles que todo lo abarcan y todo lo alivia, y tengas paz.

Besos a tu buena esposa y familia.

Te quiero más de lo que mis palabras puedan decirte.

En este día especial del Padre, quiero llegar hasta ti Otoniel mi escrito como un regalo.

PD.

Me siento agradecida de Dios por permitirme hablar contigo y leerte lo que te escribí, fui bendecida con tus preciosas palabras.

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