roble Cómo te admiré siempre, viejo roble, por la grosura de tu tronco, por tus grandes ramas, por tus hojas perennes, por tu fuerte madera compacta. Cuántos embates recibirías con tantos años, cuántas embestidas del mal, cuántas tormentas y sacudidas sin poderte mover. Siempre admiré la profundidad de tus raíces. Bajo tu follaje, todo el que se acercaba recibía sombra y protección. Le dabas a todos, con tu fuerza, la alegría del que sabe vivir. Abarcabas como el que sabe que está de pasada, como el que lo comprende todo porque lo ama todo, sabiendo agradecer lo mismo cuando llovía que cuando salía el sol. Admirando lo creado, sabiendo que el Dador de toda buena dádiva tenía una gracia especial para ti. Y tú la recibías como lluvia temprana. ¡Cómo se aprende de los viejos robles! Viendo en cada amanecer una nueva oportunidad del Creador, para bendecir y dar como tú sabías. Desde sonrisas esplendidas y agradables, hasta admirar lo más pequeñito hecho por el Señor. Sabiendo que en todo lo creado hay sabiduría y un plan diseñado trazado para el hombre.

Te recuerdo hoy, el día de los padres, pero no con tristeza, sino con satisfacción, sabiendo que tu vida fue una bendición aquí en la tierra. Que prodigaste amor a diestra y siniestra, y que te adelantaste para la otra vida que te espera con el Señor. Y que estás esperando a los tuyos que tan fielmente supiste conducir por el camino hacia la eternidad. Me dejaste los más preciosos recuerdos de fortaleza y entrega. Dándote para todos y por el bien de todos, conociendo que fuiste roble para cobijar, para dar descanso, para traer tranquilidad, para soñar, para aliviar, para embellecer, para ayudar, para socorrer. Cumpliste excelentemente tu misión. Si hoy tengo que llorar, es de gratitud a Dios por darme mi viejo roble invencible.

 

Recordando a mi Padre Fermín Mondéjar, en este día especial de los Padres.