Logo_para_Mera  Ayer tuve a Brianna conmigo, ella es mi nietecita más pequeñita. Tiene un añito y ya comete sus pecaditos.  Cuando ella esconde su manita atrás, es que tomó algo que no debió, y en su inocencia cree que puede engañarme. Cuando yo le digo: “muñequita, ¿qué has hecho?”, sonríe y trata de huir. Precisamente ayer cuando se escondía para que yo no pudiera alcanzarla y le impidiera lo que ella quería hacer, recordé que esto es innato de nuestra naturaleza caída, y que desde el Edén la primera pareja desobedeció a Dios. Cuando se escondieron tuvieron miedo, se encontraron desnudos, es decir, descubiertos, y cuando Dios le dice a Eva: “¿Qué has hecho?”, ella le contesta: “La serpiente me engañó y comí”. Tampoco somos capaces de encontrarnos culpables, siempre que pecamos, es por culpa de alguien… Brianna, mi nietecita, me enseñó que así mismo como ella cree en su inocencia que puede esconderse de mí, nosotros pensamos que podemos escondernos de Dios, pero no es así, porque delante de Él estamos al descubierto. Él lo sabe todo, no importa que tu pecado te haya alejado de los demás y estés tratando de ocultarte, no hay escapatoria. El dulce cantor de Israel, convencido de lo que decía, pronunció estas palabras: “¿Adónde me iré de tu Espíritu? ¿Y adónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú, y si en abismo hiciere mi estrado, he aquí allí tú estás, si tomare las alas del alba y habitare en el extremo de la mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra.” “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y reconoce mis pensamientos, y ve si hay en mí camino de perversidad y guíame en el camino eterno”.

Hablando Jehová en el libro del profeta Jeremías leemos: “¿Ocultarás alguno, dice Jehová, en escondrijos donde yo no lo vea? ¿No hincho yo, dice Jehová, el cielo y la tierra?” El escondernos es de inocentes. Cuando Caín se ensañó contra su hermano Abel y lo mató, Dios lo llamó a cuentas y le dijo: “Caín, ¿qué has hecho? La sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra”.

No perdamos el tiempo escondiéndonos como Brianna, porque estamos al descubierto con el Señor, y cada lágrima que hagamos derramar a uno de nuestros semejantes por quien Cristo murió, clamará y llegará su queja a Dios. Preséntate tal como estás, la sangre de Cristo tiene poder para limpiarte, sanarte, y redimirte. Sal de tu escondite, Jesús aliviará tu alma cansada de huir. Sin excusas, dile que tú eres pecador, que lo reconoces, que Su sangre te lave y limpie de cualquier pecado que haya ensuciado tu corazón, y hallarás descanso para tu alma, y ya no volverás nunca más a oír esta pregunta como un reproche  “¿Qué has hecho?”