reloj-de-arena-roto Hace poco leí una anécdota de una madre que hacía tiempo estaba enferma. Un día tuvo que regañar a su hija por algo que ella había hecho. En vez de aceptar la amonestación, la chica se ofendió profundamente y no le dirigió la palabra a su madre durante el día entero.

Aquella noche, cuando se dirigía a su habitación, oyó a su madre que le decía:

-¿Quieres traerme un vaso de agua, cariño?

La chica, aún molesta, cerró la puerta de su cuarto sin cumplir el deseo de su madre. Al rato se durmió. Al levantarse y recordar el rencor que había sentido hacia su madre, decidió ir y decirle a su mama cuánto lo sentía por su comportamiento de ayer, llamó a la puerta de su madre, pero no se oyó el acostumbrado: “Entra cariño”.

La chica abrió la puerta y corrió hacia su madre. Pero ya no estaba su sonrisa acostumbrada, tan cálida y cariñosa; ya no estaba.

El rostro de su madre estaba inexpresivo, con la rigidez de la muerte. Desconsolada, la chica sollozó.

-¡Oh mamá, no quería hacerte daño! ¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Perdóname por haber sido tan cruel!

Pero los labios de la madre no articulaban ya palabras de perdón.

Aún en su edad madura, el recuerdo de aquel incidente sigue como una losa pesada en la conciencia de aquella hija.

Esta receta para el alma puede despertarnos, haciéndonos cada día más cuidadosos con nuestras acciones, nuestras palabras, deteniéndonos a mirar cómo tratamos a los nuestros, y a los que nos rodean. A veces se nos olvida que estamos de pasada en este mundo, creyéndonos que tenemos todo el tiempo, y cuando nos damos cuenta, ya es demasiado tarde, ya no hay remedio. Seamos obedientes y humildes para aceptar el consejo, y evitar de esta forma un sufrimiento terrible que pese en nuestra conciencia, como la joven de la anécdota.