Logo_para_Mera La primera vez que se nombra a Sara en la Biblia es en Génesis 11:30, donde nos dice que es una mujer estéril: “Era Sarai estéril y no tenía hijos”. En esa época, era sumamente importante que las mujeres fueran madres. Sara sufre mucho por su esterilidad. Pero ella era la amada esposa de un hombre destinado por Dios a fundar un gran pueblo; la mujer de Abraham, la madre del pueblo escogido, la dulce hermosa mujer que dejo todo, su pueblo, su casa, su vida, por seguir a su esposo. Sara deja atrás su mundo, Mesopotamia, su ciudad, Ur, donde vivía con desahogo y ciertas comodidades, para seguir a su esposo, quien quiere obedecer al llamado de Jehová: “Dijo Jehová a Abram: “Vete de tu tierra, de la casa de tu padre, para la tierra que yo te mostraré. Yo te haré un gran pueblo, te bendeciré y engrandeceré tu nombre que será una bendición”.

En esta historia son llamados inicialmente Abram y Sarai, pero desde el momento que comienza su relación más estrecha con Dios, Él mismo les cambia los nombres, y les llama Abraham y Sara. El cambio de nombre equivale a cambio de persona. Es decir, después de que Dios los escoge para Su servicio, ya nunca serán las mismas personas. Serán un hombre y una mujer nuevos. Así sucede con todo aquel cuya vida se ve sacudida por Dios. Como dice un hermoso salmo: “Renueva la vida y la faz de la tierra”. También renueva y hace renacer por dentro a las personas que se abandonan en Sus manos y confían en Su amor.

Dios sabía lo que más anhelaba Sara. Así ocurre con todo ser humano; Dios conoce los secretos y los deseos más recónditos de nuestro corazón. Ni una lágrima, ni un anhelo le son indiferentes. Poner todo en Sus manos es la manera más segura de conseguirlo, sin dudar. Así lo hizo Sara. Lo que para las fuerzas y capacidades humanas es imposible, no lo es para Dios. Ella es la madre de muchedumbre. De Sara aprendemos lecciones hermosas. El apóstol Pedro nos habla de cómo debe ser el comportamiento de las esposas con sus maridos: “Estando sujetas a sus maridos, como Sara obedecía a Abraham, llamándole mi señor, de la cual vosotras habéis venido a ser hijas”.

Sara era una de las mujeres más hermosas que nos habla la Biblia, pero ¿había algo más que su forma bella? La Biblia nos da una clave cuando nos habla de la serenidad de su espíritu, sumisa, tenía una gracia interna que procedía de su espíritu suave y apacible. Pedro nos habla de la incorruptible hermosura de un espíritu suave y apacible, así se adornaban en tiempos antiguos las santas mujeres que esperaban en Dios.

En estos tiempos también necesitamos que nuestra belleza no sea exterior, con peinados ostentosos, joyas de oro, vestidos costosos, sino como Sara, con esa belleza interior de un espíritu suave y apacible. Respetando y amando a nuestros esposos y cuidando nuestras familias con entrega y gracia, obedeciendo a Dios y su Palabra. A veces decimos: “¿Pero cómo cambiar mi carácter, mis defectos, mi propia naturaleza?” Dios puede hacer maravillas en nosotros. Nuestras debilidades y miserias pueden producir actos de noblezas, pero tenemos que dejar entrar en nuestro corazón y hogar al Señor y dejar que Él intervenga en nuestras vidas. Recuerda que Dios puede hacer nacer de lo estéril.