Logo_para_Mera Íbamos mi esposo y yo en la carretera, cuando de pronto un carro que manejaba un señor, comenzó a dar vueltas. Yo pensé que se mataba, cerré mis ojos y comencé a gritar y llorar. Cuando Daniel me dijo que el hombre había logrado controlar el carro y estaba bien, me pareció mentira. Después de ver cómo perdió el control y dar tantas vueltas, fue sólo un milagro de Dios que haya salido ileso.

Hay muchas maneras de perder el control. He visto algunas personas llenarse de ira y dejar salir de sus bocas toda palabra fea, sin ningún control. Las he visto perder la cabeza, al extremo de herir y vociferar de una manera descompuesta y desagradable, ofendiendo sin medir consecuencias, o maltratando sin piedad a una criatura, tan sólo por perder el control, el dominio de su persona.

Qué terrible es perder el control. Las personas que no temen a Dios van por el mundo sin freno, cometiendo toda clase de impurezas; destemplados, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, arrebatados, hinchados, desobedientes a los padres; amadores de los deleites más que de Dios, corruptos de entendimiento, réprobos acerca de la fe. El apóstol Pablo aconsejaba a Timoteo: “Huye de los deseos juveniles; Y sigue la justicia, la fe, el amor, la paz, con los que invocan al Señor de puro corazón”.

Cuando el Espíritu de Dios es el que gobierna nuestro corazón, logramos mantener el control en cualquier circunstancia, porque el Señor es nuestro freno en nuestro diario vivir. Él toma el timón de nuestra vida para conducirnos con el control que necesitamos; toma nuestras acciones para que imitemos a Cristo, y nuestras palabras son con gracia, para ayudar a los que las oyen.

Mi consejo para ti querido amigo y Lector, es que le des tu vida a Cristo, que Él sea tu capitán. Es como único  vas a estar seguro, sin perder el control.