Logo_para_MeraHoy quiero hablar de dos mujeres de la Biblia. Eran dos fieles mujeres que, a pesar de ser hermanas y tener muchas cosas en común, a veces obraban de manera muy distinta. Ellas tenían un hermano llamado Lázaro y vivían en Betania, un pueblo a las afueras de Jerusalén. En su casa se hospedó Jesús en más de una ocasión, y los tres tenían una gran amistad con Jesús.

El evangelio de San Lucas nos dice: “Y aconteció que yendo, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta, le recibió en su casa. Y esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra. Empero Marta se distraía en muchos servicios; y sobreviniendo, dice: Señor, ¿no tienes cuidado que mi hermana me deja servir sola? Dile pues, que me ayude. Pero respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, cuidadosa estas y con las muchas cosas estás turbada. Empero una cosa es necesaria, y María eligió la buena parte, la cual no le será quitada”.

A Marta podemos verla como una mujer activa, diligente, hacendosa. Está en todo, es una buena ama de casa; con ella podemos imaginarnos todo en su sitio, afanada en sus quehaceres. A María la podemos ver como una mujer apasionada, todo corazón, sensible; en su vida no caben medias tintas, sino entrega sin condición. Con el amor de María y la diligencia de Marta, vemos que los temperamentos de estas hermanas son ocasión para que Jesús deje una joya preciosa de enseñanzas.

María estaba sentada a los pies de Jesús. Eso nos demuestra su humildad, su actitud reverente; también nos enseña su persona confiada y afectuosa y su devoción. Cuando Marta se queja al Señor, porque María no le ayuda, Él aprovecha para dejar sentado el orden de lo necesario y lo superfluo. María escogió la mejor parte, ella sabía escuchar, estaba atenta al Maestro. Cuánto necesitamos hoy día escuchar a Dios y a los que nos rodean. ¡Cuán difícil se nos hace! Somos muy parecidos a Marta, afanados en los trabajos, ansiosos en hacer y hacer. Claro que tenemos que realizar nuestros trabajos, pero vivimos tan enredados que no nos alcanza el tiempo. Tenemos que aprender de María, que estaba ajena al afán, y también de Marta y la premura que la caracteriza. Tenemos que escoger entre lo bueno y lo mejor. María fue una mujer que supo elegir lo mejor, y ella nos enseña que es a los pies de Jesús, en comunión con Él, que es allí donde se aprende que las dudas se disipan y la fe se afirma, la congoja se desvanece y el alma se fortalece.

Es fácil comprender la actitud de Marta, es una mujer solícita a las necesidades cotidianas. Pero con ese mismo cariño que el Señor le dijo: “Marta, Marta…”, así nos llama y nos dice: “Mujer, toma calma”. “Hombre, no pierdas de vista el reino de los cielos”. Jesús, al aclararle a Marta la conducta de María, nos hace ver esta verdad: Una cosa es necesaria, procura servir alimentos y descanso, pero conviene tener bien dispuesto el orden de valores, nuestras prioridades, porque lo necesario siempre será lo más importante.