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Es incomparable la riqueza que se encuentra en la palabra de Dios, cada vez que escribo un relato de una de las mujeres de la Biblia, lo estudio para encontrar ayuda y beneficio y poder compartir con ustedes todo el bien que recibo, para que todos seamos edificados por este medio.

Hoy quiero contarles de Ana, la madre de Samuel, uno de los grandes profetas de la antigüedad. En la Biblia encontramos dos libros con su nombre, y que contienen un relato de su vida y de sus obras, al igual que una parte muy importante de la historia del pueblo de Dios.

Ana es una mujer de las más conocidas en la Biblia, la recordamos como una mujer de oración. Ella era la esposa de Elcana, quien vivía en Ramatain. Ana era estéril y eso la hacía sufrir mucho. Elcana era un buen hombre creyente, y siempre iba con su familia a las festividades a presentar sacrificios y adorar a Dios en Silo. Un día, Ana entró al santuario, y dice la palabra de Dios que oró a Jehová con amargura de alma, y lloró abundantemente. Oró con todo el fervor de su alma, ella luchaba con Dios y no estaba dispuesta a ceder hasta recibir respuesta a su oración. Era tanta su aflicción que ya no quería comer, y Elcana le dice: “Ana ¿Por qué lloras? ¿Y por qué no comes? ¿Y por qué está afligido tu corazón? ¿No soy yo mejor que diez hijos?” Ella no le daba mucho valor a la consolación que le prodigaba su esposo, su mirada estaba fija en Dios. Ella tenía una fe firme, y estaba segura que Dios la podía convertir en madre, e hizo voto a Jehová diciendo: “Jehová de los ejércitos, si te dignares mirar la aflicción de tu sierva y te acordares de mí y me dieres un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida”. Su petición fue contestada y el Señor le dio a Samuel y ella cumplió lo que prometió, dedicándoselo a Dios.

El relato de Ana es una prueba positiva del poder que tiene la oración. La oración cambia las cosas. Nosotros tenemos la bendición de hablar con nuestro creador y Dios por medio de la oración. Otra mujer, en su situación, se puede convertir en una persona amargada, pero ella fue una mujer que se acercó más a Dios, porque ella sabía que Él era el único que la podía comprender, y tenía el poder de resolver su problema.

En circunstancias similares, nuestra generación pone su confianza en la ciencia, olvidando que es Dios quien rige los destinos de los hombres.

Que el relato de Ana despierte en nosotros esa comunión que alcanzó con Dios. Que por difícil que veamos la situación, estemos seguras que orando, derramando el alma ante el Señor, recibiremos lo que tanto necesitamos.

Leamos aquí la oración de Ana, y meditemos en ella, para que también sea la nuestra: La oración de Ana.