Logo_para_Mera Maravillosamente la Biblia nos habla de un suceso en la vida de Jesús, en su predicación, Jesús se fue a los términos de Tiro y Sidón, quiso que nadie lo supiese, mas no pudo esconderse, porque una mujer, cuya hija tenía un espíritu inmundo, luego que oyó de Él, vino y se echó a sus pies. La mujer era Griega, Sirofenisa, así nos cuenta San Marcos hablándonos de la escena de esta mujer, que no sabemos su nombre, pero la vamos a llamar como la nombró San Mateo contándonos su historia, la mujer Cananea. Y nos dice en su evangelio que ella clamaba diciendo: “Hijo de David, ten misericordia de mí, mi hija es malamente atormentada del demonio. Pero Jesús no le respondió palabra, entonces ella vino, y le adoró diciendo: Señor, socórreme. Y respondiendo Él dijo: No es bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos. Y ella dijo: Sí Señor; mas los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus Señores. Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer grande, es tu fe; sea hecho contigo como quieres. Y fue sana su hija desde aquella hora”.

La fe y el amor van juntos, no se pueden separar, para creer en alguien tengo que quererlo, conocerlo. La vida de esta mujer me impresiona, no importa su nombre, lo que me importa es amar al Señor como ella lo amó, que no perteneciendo al pueblo de Dios tuvo la fe suficiente para buscarle en su grande necesidad, y confiar en Él, al extremo, que no le importó la indiferencia de Jesús cuando ella gritaba, y fue capaz de humillarse hasta lo sumo. Y cuando Él la trata con aquellas palabras duras para probar su fe, ella se humilla y espera recibir las migajas. Conociendo a Jesús, sabemos que Él no desprecia a nadie que viene a Él con ese tipo de fe y humildad. Dame una migaja, atiende mi dolor, óyeme, compadécete de mi necesidad. Cuando derramamos el alma, ahí está Jesús. ¡Oh mujer grande es tu fe! Tu hija está sana ¡Aleluya!

Esta historia nos consuela, y nos llena de esperanza, porque Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos, y como tuvo misericordia de la mujer Cananea, así mismo puede hacer contigo, en tu necesidad. ¿Se demora en contestarte? No te detengas, arrójate a sus pies. ¿Te parece que son muy duras sus palabras? Reconoce tu bajeza. Señor no soy digna, pero aquí estoy esperando en tu misericordia, resuelve mi gran problema, mi hijo, mi esposo, mi hogar, mis finanzas, mis padres, mi nieto, mi salud, cualquier tipo de problema. No te detengas, clama al Señor que te socorra como pidió la mujer Cananea.

Hoy en día tenemos el sufrimiento de las drogas, el alcohol, las enfermedades nuevas que están azotando a la humanidad, problemas familiares, divorcios, cárceles y un sinfín de problemas que pueden darnos tanto dolor como el que tenía la mujer Cananea con el problema de su hija. Que esta escena deje en nosotros un ejemplo digno de imitar y clamemos al Señor que nos socorra como lo hizo la mujer Cananea.