El otro día tuve necesidad de salir a comprar algunos mandados.  Como estaba cuidando de mi nieto Danny ese día, aproveché que mi esposo ya estaba en casa, para que cuidara de él.

        Tengo ocho nietos, pero paso más tiempo con Danny que con los demás, ya que su madre lo tiene unos cuantos días de la semana y el resto del tiempo se queda a mi cuidado.  Danny es un niño encantador y muy simpático.  Cuando le miro sus cortitas piernas, que en proporción con su cuerpecito no crecen tanto, me acuerdo de mi papá… Chiquito y cortito de piernas como yo.

        Cuando regresé, ahí estaba Danny esperándome.  Al pasar por la sala, camino a la cocina, me fijé que mi lindo sofá de piel tenía dos enormes manchas de tinta de lapicero.  De momento enmudecí.  Yo soy muy quisquillosa cuando se trata del arreglo y la limpieza en mi casa, y Danny lo sabe.  Agarré no sé si un trapo o un trozo de servilleta, instintivamente, y corrí al sofá boquiabierta, con mi vista fija en los dos manchones de tinta.  Danny no me perdía pie ni pisada.

        Not me, Ma! ¡Yo no, Má! Not me! ¡mí no!—Me decía como para demostrarme que él también estaba asombrado de que en nuestro ordenado y limpio sofá aparecieran esas manchas. Como mi fingido asombro no resultara consolador, me agarraba de la saya para que yo le creyera, y continuó:

        Ma, not me! Yo no. –Mientras me miraba fijo a los ojos con asombro y una seguridad que hubiera convencido a cualquiera.

        Me senté en el sofá y comencé a limpiar las manchas que sólo se hacían mayores al regarse la tinta sobre la piel del cojín.  Cuando desapareció la tinta, quedó en su lugar como un parche descolorido.  A todas estas, Danny no hacía otra cosa que mirar para el cojín, y mirarme a mí.  Se sentó en el suelo frente al sofá e intentó nuevamente convencerme que no había sido él.

        –Por favor Danny, no puedo hablar ahora –le dije- Estoy triste, muy triste.  Mira como me echaron a perder el sofá, y para colmo de males, yo no sé quién fue.

        Fingí estar muy triste por aquello.  Danny bajó la cabeza y le mudó el rostro.  Casi con lágrimas en los ojos me dijo:

        –Ma –él lo mismo me dice ma que mami o abuelita –, ma, yo lo hice.  Yo no lo voy a hacer más.

        –¿Tú? –Fingí sorpresa- ¿Pero cómo lo hiciste, Danny?

        Me contó en su mezcla de inglés y español que había logrado subirse al sofá, cogió un lapicero y empezó a dibujar en el cojín.

        ¿Danny, de verdad estás arrepentido? Nunca en tu vida vuelvas a hacer un desastre de esta magnitud, ¿me oyes?

        Desde entonces, cada vez que ve un lápiz o cualquier cosa de escribir me la da.  Creo que lo que más le ayudó a aprender la lección, fue que no le grité ni le di una paliza, sino que dejé que él solito se diera cuenta que hay gran satisfacción ganándose la confianza de la persona que uno ama…