Llegamos a Miami

agosto 22nd, 2016 Autor: Merari

Después de dos largos años de trabajo duro, en esos campos, nos llegó la salida para los Estados Unidos. No hay palabras para describir la alegría que sentimos y al mismo tiempo tristeza, pues partíamos a un lugar de libertad, pero desconocido para nosotros e íbamos a dejar nuestro país para siempre. En la ciudad de Matanzas nos hicieron nuestros hermanos de la iglesia junto a la familia, una hermosa despedida, donde derramamos muchas lágrimas.

Llegamos al aeropuerto, y subimos al avión.  Dios nos concedió el privilegio de que pudiéramos salir toda la familia. Mi padre siempre nos decía que si por algún motivo, alguno de nosotros no pudiera salir, todos nos quedaríamos. Pues muchas familias fueron separadas por esa razón. Éramos diez en total, ocho hermanos y mis padres.

Jamás olvidaré el día que llegué.  Cuando comencé a ver las bellezas y abundancia de los EE.UU.  Todo me asombraba.  Las tiendas del aeropuerto con primores de cosas, que nunca imaginamos ver.  Yo no salía de mi embeleso.  Llegaron a recogernos al aeropuerto, nuestro  amado primo Joel, con el  querido tío Alberto, junto a otros muy apreciados hermanos, como Florentino y Samuel, para llevarnos  a casa. Cuando llegamos nos encontramos con la tía  Filomena, esposa de Alberto y su hija Ester, a quien le decimos cariñosamente Teté. Nos estaban esperando con la mesa preparada, comida en abundancia, y para beber, unas sabrosas matervas frias.  ¡Qué exquisitez! Yo me sentía como en un sueño, un cuento en el que de pronto dejaríamos de ver todo eso y regresaríamos a la vida de antes.

Pasamos ese fin de semana en Miami y después, nos llevaron a Tampa, Florida, porque había un lugar más amplio, para una familia grande como la nuestra.  Allí vivían otras familias.  Margot, mi tía por parte de padre, con su esposo José Isabel Caraza y la menor de sus hijas Noemí. También estaban Cecilio y su esposa Coralia con sus dos hijos pequeños.  Nosotros guardamos en nuestro corazón las atenciones finas de Coralia.  Su amor para recibirnos y sus buenas acciones, una verdadera cristiana. Mi recuerdo es que ella hizo más de lo que podía por nosotros, creo que el arroz con pollo más delicioso, que he comido fue hecho por esta gran sierva de Dios, para toda mi familia, con una mesa exquisitamente arreglada.  Ella cumplía los requisitos de la amistad, según el poeta: “Un verdadero amigo es una mano que se extiende, una sonrisa que nos anima, una mirada que nos comprende, una palabra que nos consuela y un abrazo que nos sostiene”. 

Continuará.

Un testimonio de fe

agosto 15th, 2016 Autor: Merari

En el albergue, como ya dije antes, nos dejaban ir los fines de semana a nuestra casa, pero algunas veces nos “castigaban” y entonces no nos dejaban salir los viernes. Uno de esos  sábados de “castigo” temprano en la mañana, llegó la noticia que venía un ciclón, y tenían que evacuar a las mujeres de ahí y llevarlas a la ciudad, como la vez anterior.  Pero como era sábado a mis dos hermanas, Rode y Suni, no pudieron convencerlas para que subieran a los camiones.  Los guardias le dijeron que si se quedaban allí iban a morir, porque no había otra manera de salir de ese lugar, ya que los ríos se desbordaban y todo se inundaba.  Una compañera de trabajo les dijo: “Si yo las vuelvo a ver, voy a creer que sí hay un Dios”.  Así se fueron todas, y ellas dos quedaron, al parecer solas, pero “el ángel de Jehová, acampa en derredor de los que le temen y los defiende”. ¡Aleluya! Comenzó la lluvia y debajo de esa lluvia, ellas  comenzaron a caminar.  Tenían que pasar un río, que estaba debajo de una loma donde había un puente.  Pero no sabían dónde se hallaba el puente, pues debido a la cantidad de agua, todo parecía río.  Cuando pensaron que ya era la puesta del sol, se pararon para elevar una oración a Dios, como es nuestra costumbre.  Le imploraron al Señor, que como en la antigüedad, cuando Él permitió que pasara el pueblo de Israel en seco, tuviera también misericordia de ellas y que bajaran las aguas para que  pudieran pasar. ¡Qué absurdo parecía todo! ¡Pedir que bajara el agua cuando todavía seguía lloviendo a cántaros! Pero Dios las escuchó. Terminando de despedir el sábado, ahí delante de sus ojos el agua del río comenzó a bajar.  Lograron ver donde estaba el puente.  Glorificando a Dios se tomaron de las manos, y cruzaron el puente.  Una vez hubieron pasado a la otra parte, miraron atrás y el río comenzó a crecer nuevamente hasta llegar a cubrirlo todo. Después, se enteraron que los camiones que salieron en la mañana con todas las mujeres del albergue, no pudieron cruzar el río, porque estaba todo inundado, y habían buscado un camino más largo para poder llegar al pueblo. Yo escribo esto después de tantos años y sigo conmovida derramando lágrimas de agradecimiento a mi buen Dios.  Pues este testimonio nos ha llenado de fe y nos ha ayudado en los momento más difíciles de nuestras vidas. 

Ellas siguieron caminando  y a lo lejos vieron una luz y se acercaron. Era una casa, tocaron y una amable señora les abrió.  Quiero decirles que el gobierno había prohibido a las personas de aquel lugar que abrieran las puertas de sus casas, para ayudarnos.  Cuando la señora las vio, no podía creer lo que veía.  Haber pasado aquel río creciente, a los ojos humanos, era imposible. Ella quiso prepararles algo de comer, y que descansaran, pero ellas le dijeron que tenían que seguir para ver si alguien podía llevarlas a la ciudad para llegar a su casa.  Y así dejaron llena de asombro a aquella buena mujer.  Cuál no sería la sorpresa de mis padres al verlas llegar esa noche, ellos estaban de rodillas, implorando al cielo por ellas.

Aquel testimonio de las muchachas que cruzaron el río, y que Dios las libró, se regó como pólvora por todos los lugares. ¿Qué podemos decir? Alabado sea el nombre del Señor por los siglos y para siempre.

Continuará…

 

Todavía en el albergue

agosto 2nd, 2016 Autor: Merari

A mi casa visitaba un joven llamado Joaquín Abreu,  poco  tiempo después, decidió aceptar a Cristo como su Salvador y fue sumergido en las aguas del bautismo, llegó a ser un fiel miembro de nuestra iglesia.  Estando todavía mis hermanas y yo en el albergue, dieron permiso, para que nuestros familiares y amigos nos visitaran los miércoles.  Mi mamá, trataba de conseguir pan para ese día, lo rebanaba con esmero y lo tostaba ricamente, con cuidado lo guardaba en unas bolsas bien cerradas, para que nos llegaran crujientes. Nos preparaba una sabrosa comida, y entonces nos mandaba esas ricuras con Joaquín, que nosotras esperábamos con muchas ansias, no solo por las delicias que nos traía, para satisfacer nuestra hambre, sino también porque él siempre se quedaba un buen rato con nosotras conversando y eso nos consolaba el alma. Así que los miércoles era día de fiesta.  ¡Qué alegría en medio de tantos sinsabores!

Al pasar los días en ese triste lugar, me enfermé por el fertilizante (Paratión) que le echaban a aquellos campos sembrados.  Me dio una alergia tan fuerte que me tuvieron que mandar al hospital.  Cuando el Doctor me vio se quedó impactado, porque me encontró muy joven, como si fuera  una niña.  Me dijo: “Tu mamá se equivocó en la fecha de tu nacimiento, pues parece que tienes nueve años”.  Entonces escribió que yo necesitaba reposo absoluto para sanarme, y no podía seguir en ese trabajo.  Así que después de seis meses trabajando en esos campos de concentración, me despedí de mis hermanas y de las amistades que había hecho en ese lugar, y partí para mi casa, glorificando a Dios.

Mis hermanas tuvieron hermosos testimonios del poder de Dios en ese horrendo lugar, que quiero compartir con uds.

En una ocasión vino un terrible ciclón, y no podían quedarse en el albergue, así que empezaron los guardias a levantarlas a todas para subirlas al camión y sacarlas de ahí, tenían que ir por carreteras muy estrechas que tenían a la orilla un precipicio. Como llovía  tanto el camión se atascó en el fango. Hicieron bajar a todas la mujeres para ver si podían de esa manera sacarlo del fanguero en que estaba atascado. Ya se podrán imaginar el miedo y la desesperación que tenían esas pobres mujeres, daban gritos de horror, pensando que iban a morir. Pero entonces ahí estaba la mujer de fe, mi hermana mayor Rode, se arrodilló y comenzó a orar suplicando la ayuda de Dios, en ese mismo instante vio una mano grande que las abrazaba y escuchó una voz potente que le dijo: “Mi mano para proteger, para cuidar y para guiar”.  Ella les dijo a todas lo que el Señor le había mostrado y el llanto cesó. Pudieron salir de ahí vencedoras y con más fe en su corazón. Bendito sea el nombre del Señor. 

Continuará…

Batallón número cuatro

julio 24th, 2016 Autor: Merari

Al poco tiempo de cumplir los quince años, llegó un aviso imprevisto a mi casa. A todas las personas que queríamos  salir del país, nos iban a llevar a los campos de concentración a trabajar para el gobierno.  A mi papá, mis dos hermanas mayores y a mí no nos quedaba más remedio que cumplir, ya que de eso dependía nuestra salida de Cuba.  Mi mamá se iba a quedar con sus niños más chicos.  Llegó el día.  Fue un lunes inolvidable.  Todas las madres reunidas en un parque veían a sus hijos y esposos partir muy lejos de sus casas.

No había un rostro sin lágrimas en aquel parque.  A mi papá lo llevaron a un lugar llamado Cantarrana a cortar caña por quince días.  Después de los quince días lo dejaban quedarse con su familia el fin de semana. Y otra vez el lunes, se repetía la historia en el parque, al campo a trabajar por quince días más.

 

A nosotros nos llevaban a un lugar llamado Los Tramojos.  Eran lugares incomunicados y lejos.  Nuestro trabajo consistía en arrancar la hierba que crecía en los surcos de siembra.  Bajo un sol ardiente íbamos limpiando surco tras surco.  Por la tarde, a coser hojas de tabaco, en palos.

 

Fueron días de angustia.  Nos pusieron en un albergue enorme a cientos de mujeres por batallones.  Yo pertenecía al batallón número cuatro.  En la madrugada yo podía oír los gritos: “Batallón número cuatro… en pie”.  Teníamos que hacer todo en unos minutos y salir a subir los enormes camiones llenos de mujeres, como reces, para transportarnos a los campos de trabajo.  Cuando llegaba la tarde nos traían al albergue y teníamos quince minutos para bañarnos.  Si nos demorábamos más nos sacaban como estuviéramos, así que había que volar para hacer todo en el tiempo que teníamos.  Después caminábamos a un comedor que nos quedaba a unos diez a veinte minutos, para tomar nuestros alimentos.  Las semanas que daban alimentos inmundos nosotros no podíamos comerlos, así que se los regalábamos a alguna muchacha y seguíamos nuestro camino.  Por la noche nos llevaban a hacer trabajos voluntarios a otros albergues hasta las doce de la noche.

 

Así pasaron dos años y dos meses en los que tuvimos serios problemas, sobre todo por motivos de nuestras creencias cristianas. Ellos querían que trabajáramos los sábados, y nosotras observábamos el sábado como día de descanso, según dice la Biblia.  A la puesta del sol el viernes ya era sábado para nosotras, y ellos no nos dejaban salir.  Pero nos mantuvimos firmes, tan firmes, que estábamos dispuestas a dar nuestra vida por el nombre de Jesús.  Y aunque nos castigaron, no trabajamos nunca un sábado. 

 

Como no nos dejaban salir el viernes, para ir a la casa nos quedábamos solas, hasta la puesta del sol del sábado, entonces caminábamos a ver quién pasaba y nos dejaba en el pueblo, para poder tomar un carro hasta nuestra casa.  Cuando ellos vieron que no había castigo que nos moviera a desobedecer la palabra de Dios, nos dejaron salir los viernes para estar junto a los nuestros y regresar los lunes otra vez.   ¡Cuánto sufrimos! Pero siempre teníamos a Dios con nosotros. Bendito sea Su nombre.  Él peleó nuestras batallas, y aquí estamos.

Continuará…

 

Mi bautismo

julio 18th, 2016 Autor: Merari

La edad requerida en la iglesia para bautizarce es a los doce años. Así que al  cumplir mis doce años mi papá me bautizó,  y cuando tuve trece años, quise esperar en la promesa del Consolador.  Eran tiempos difíciles. Porque el sistema comunista que comenzaba a gobernar en la isla no toleraba la religión. Por ese motivo los cristianos fuimos muy perseguidos en ese tiempo. Cerraron muchas iglesias, otras fueron quemandas, nos gritaban en las calles “batiblancos”, por nuestro uniforme que es todo blanco. No nos daban libertad de expresión.  Recuerdo una noche que rodearon nuestra casa y gritaban, disparando tiros.  Aquello fue horrible.  Todas estábamos temblando junto a mis padres, hasta que se fueron.  ¡Qué susto! Nos enfermamos del estómago.  Se hacía dificultoso, no siempre podíamos reunirnos para celebrar cultos de espera en la promesa divina.  Luché para que mis padres me llevaran a la ciudad de Colón, para participar de los cultos que en ese tiempo se celebraban allí.  Fuimos mi hermana Suni y yo.  Y cuál no fue mi alegría cuando me declararon ungida.  Así dice mi mensaje: “Por la senda de los justos andarán los humildes y resplandecerán en mi gloria.  Son fuertes y robustos los pequeñitos y humildes, porque en ellos se ve la grandeza de la justicia”.

¡Qué gozo había en mi corazón! De ahí me llevaron a  Playa de Baracoa, para dar mi voto como misionera.  Yo no estaba preparada económicamente, pero mis tías me iban a conseguir las ropas y zapatos, que en ese tiempo no era nada fácil, pero mi tía Eugenia cosía, y me preparó los uniformes.  Los zapatos eran negros, porque allá era imposible conseguir zapatos blancos, pero los despintaron dándole lija y los pintaron de blanco.  Los transformaron y parecía que siempre habían sido blancos.  De una forma u otra el Señor suplía nuestras necesidades. En mi mente se atropellan hermosos recuerdos de aquel día cuando dedique mi vida al Señor. Yo contaba trece años y a pesar de ser una niña, creía comprender bien el propósito.

         Para ser discípulo hay que ser disciplinado, dedicar tiempo, pagar el precio, estar dispuesto, seguir al Maestro, llevar una vida de sujeción y obediencia.  ¡Yo estaba dispuesta!  Tuve un llamado en mi corazón que me ardía como una llama.  Ya han pasado muchos años, cumpli 51 años de entrega al servicio del Señor, y todavía arde mi corazón como el primer día.  Puedo decir que Él cambió mis temores e indecisiones, por valor y entrega. De todas las decisiones que he tenido que hacer a través de los años, esta ha sido la mejor.  Es lo más hermoso que me ha pasado.  Él nunca me ha fallado.  Es el único que me conoce bien y me ama, a pesar de mi fealdad y mis defectos.  Él aboga al Padre por mí cuando estoy en necesidad.  

Mi petición es, que siempre yo esté dispuesta a darle a Él, el primer lugar en mi vida, porque yo creo que esa es la única manera de agradecerle por su sacrificio en el Calvario. Que me permita estar aquí sirviéndole, hasta mi último suspiro.  Que Él en su amor, me deje  cumplir muchos años más…

Estuve allí hasta los catorce años.  Pasé la escuela preparatoria de discípulos y regresé de nuevo a mi casa. Cuando cumplí los quince años no pudieron celebrármelos. Con la ilusión y el anhelo que yo esperaba, como cualquier muchacha, esa linda edad. No tenían ni un pedacito de pastel, eran tiempos muy duros.  Allí el gobierno daba una tarjeta para comprar alimentos una vez al mes y se podía comprar solamente lo que tocara  y nada más.  No tengo en mi memoria ni un regalo de ese día tan especial para mí. 

Así pasaban los días uno tras otro, y nuestra vida se deslizaba suave y hermosa, obedeciendo a Dios y guardando su Palabra.  En medio de personas incrédulas, en un país que quería ahogar nuestras creencias, la fe en nosotros fue creciendo día a día por la gracia del Señor Jesucristo.

Continuará… 

 

En Jovellanos

julio 11th, 2016 Autor: Merari

Jovellanos se llama el lugar donde vivió mi abuelita Petronita, por parte de padre. Era la única abuelita que teníamos, porque la madre de mi mamá murió siendo joven, al ser atropellada por un ómnibus.  Petronita era delgadita y temblorosita.  Por todo lloraba, pero era la ancianita más dulce que he conocido.  Ella vivía con Gloria, su hija,  la hermana de mi papá, que estaba casada con el gallego Fernández, el hablaba que daba gusto oírlo, por el acento español que tenía.  Mis tíos tenían tres hijos, la pequeña se llama Eva, quien cuidó de ellos siempre hasta el último suspiro. ¡Qué hija! Sé que ella tiene su lugar seguro en el cielo.  Yo la recuerdo llena de obras buenas.  Hasta el día de hoy sigue siendo así.  Cualquier perro o gato abandonado, ahí está ella dándoles de comer y cuidándolos con esmero. Dios sea siempre con esas personas que se preocupan por las necesidades de los demás.

 

“El amor al prójimo como a sí mismo es inseparable del amor a Dios, porque el prójimo es mi hermano al ser hijo del mismo Padre, que lo ama como a mí. No podemos no amar a quien Dios ama”, dijo Jesús Álvarez.

Y Aderico Dolzani ha dicho que “cada uno de nosotros tiene muchos límites personales, pero, cuando nos ponemos al servicio de los demás, nos multiplicamos, y muchas deficiencias desaparecen”.

Pasé unos días muy buenos con la familia.  Elizabeth, la hermana de Eva, a quien decimos cariñosamente la Gallega, es una mujer con una simpatía innata. Es muy divertida y donde ella está abunda la risa y el buen carácter.   El gallego, el hermano que se llamaba Isaac, hace poco murió.  Era también muy agradable y nos llevábamos bien.  En ese tiempo, como todos éramos pequeños, nos divertíamos con distintos juegos que improvisábamos. 

 

También recuerdo que allí en Jovellanos, por primera vez, subí a un tren.  Con una señora a quien llamaban cariñosamente “la negra”. ¡Qué paseo tan agradable! Ella me regaló el vestido más lindo que recuerdo haber tenido cuando cumplí mis doce años.  Todavía lo puedo visualizar.  Tenía mangas, lo que me permitía usarlo para la iglesia.

En mi casa me estaban esperando para bautizarme, pues ya tenía la edad requerida yo quería que mi papá me bautizara.  Así que llegó el día de mi regreso a casa.

 

Continuará

Las cuevas de Bellamar

julio 4th, 2016 Autor: Merari

Tengo en mi memoria unos días maravillosos que pasé en Matanzas, en casa de mi tío José Rangel, su esposa Graciela y sus seis hijos. Admiraba ese lindo matrimonio de Pepito y Gracielita, como les decíamos cariñosamente, pues se querían mucho, eran un matrimonio ejemplar.  Yo me pasaba mucho tiempo con mis primitos haciéndoles cuentos, y me entretenía jugando con ellos.   

Allí estaba viviendo en ese tiempo mi hermana mayor, quien servía ayudando en la iglesia que era bastante grande y tenían mucho trabajo.  

También se encontraba ahí,  Coralia, que todavía no se había casado con Cecilio, y era una muy buena amiguita mía.  Ella me socorrió muchas veces en mis necesidades.  También conocí a la linda Eloísa, muy querida por mi familia, que era una distinguida miembro de nuestra iglesia. Es la madre de nuestro querido Apóstol Miguel Rodriguez.

Tengo un lindo recuerdo de ese tiempo, pues tuve la oportunidad de ir a las cuevas de Bellamar.  ¡Qué impresionante vista!  ¡Qué cosas tan bellas! Cuando nos encontrábamos en mitad de las cuevas el guía apagó la luz y… ¡Qué susto! Se oyó una terrible gritería. El temor se apoderó de nosotros por la oscuridad. La verdad es que eso estaba imponente.  Fue un viaje inolvidable.

Después de pasado un tiempo de esos hermosos días, tuvimos una noticia muy triste. Mi tío  Arturo, que era el apóstol de la iglesia en ese tiempo, junto a  José  su hermano, y Eliodoro Castillo, un evangelista de nuestra iglesia, habían desaparecido.  ¡Cuánto dolor!  Sus esposas, Migdalia, Graciela y Lidia, fueron de cárcel en cárcel, por toda la isla de Cuba, para ver si les daban noticias de lo que había sucedido con ellos,  pero hasta el día de hoy no se sabe qué pasó.  Sólo Dios sabe qué fue de ellos. Así es la vida en nuestra Cuba comunista. Mi abuelito por parte de madre, murió sin poder saber de sus dos hijos, pero se mantuvo fiel aquí en la iglesia.  Esas valientes mujeres sacaron adelante a sus hijos y hoy todavía siguen en la batalla del bien contra el mal.  Sus hijos en la iglesia perseverando con fe, como recompensa a su gigantesco trabajo.  ¡Aleluya! No puedo más que exclamar ¡Aleluya! A Su nombre.  

 

Continuará…

El trabajo y amor de mi madre

junio 27th, 2016 Autor: Merari

Recuerdo a mi querida madre, una mujer que trabajaba fuerte.  Éramos una familia numerosa y ella tenía que lavar a manos aquellas cantidades de ropas sucias. Yo la veía desde temprano lavando sin parar.  Viene a mi mente como mi papá le preparaba todo muy cómodamente. Hacía una fogata con leñas encima de piedras y le ponía unas latas grandes, llenas de agua con jabón.  Eso era para hervir la ropa.  De esa forma la desinfectaba y blanqueaba.  La revolvía con un palo y sacaba pieza por pieza poniéndola otra vez en el lavadero.  Allí mi mamá tenía que enjuagar la ropa y exprimirla para en seguida tenderla. Después que el sol realizaba su lindo trabajo de secar aquellos montones de ropa mojada, ella la recogía, le rociaba a cada pieza un poquito de agua con las manos y la guardaba toda junta en moñitos, para que se conservara húmeda, y al día siguiente amanecer planchando.  Utilizaba una plancha pequeña de hierro que la ponía a calentar.  La aguantaba con paños, para no quemarse, y así iba planchandolo todo.    Era incansable, y no dejaba algo arrugado.  Comparada con la vida aquí, donde hay lavadoras, secadoras y planchas eléctricas, los rigores de aquella vida nos disciplinaban y enseñaban la importancia de la responsabilidad.

 

Yo tenía un pollito amarillo muy lindo que picoteaba constantemente y comía lombrices o cualquier otro insecto que descubría.  Uno de esos días que mi mamá se encontraba tendiendo la ropa,  estaba tan atareada que no se dio cuenta que el pollito andaba cerca de ella, y sin querer lo aplastó con su pie.  ¡Qué mal momento aquel cuando ella sintió que lo aplastó!  Qué tristes nos sentimos todos con ese accidente. 

 

A todos nos crió con pañales de tela.  Allá en Cuba no se conocía los pañales desechables, pero eso no impedía que estuviéramos siempre limpios y aseados.  Ella dulcemente nos levantaba para ir a la escuela con esta canción que entonaba de cama en cama:

 

A la escuela, ya el sol sube,

La mañana avanza ya;

Vamos pronto que impaciente

Mi maestra esperará.

 

A la Escuela, es esta hora de mi vida la mejor,

¡Qué alegría cuando llego y comienza la labor!

 

A la escuela, ya es muy tarde,

Y quisiera siempre ser,

Yo el primero que llegara

Y yo el último en volver.

 

Mis memorias me trasladan a esos tiempos y lo veo todo; mi mamá lavando o planchando y nosotras encantadas jugando a las muñequitas con pomitos.  Hacíamos ropitas de papel para vestir los pomitos, y qué manera de gustarnos, y si era brincar en las camas, ¿habrá un niño que no le guste?  Para mi era una tremenda diversión, mientras nuestros padres no nos vieran. También recuerdo que  dábamos nuestros culticos y yo era la predicadora, me daba unas tremendas inspiradas acerca de lo que iba a ser el infierno, mi forma de interpretarlo era: “Si te rascas una mano se te quema, y cuando te rasques un pie ahí también se te quema”, ¡qué mente la de un niño! y seguía inspirada hablando de los alimentos inmundos que no debíamos comer.  La verdad que recordando todo esto, podemos reír con tantas ocurrencias de aquellos tiempos llenos de inocencia.  Cuando yo me daba una cortadita que me veía un poquito de sangre gritaba ¡madre me esta saliendo sangre inmaculada! 

 

Después cuando fuimos más grandecitas ayudábamos a nuestra querida madre, con los quehaceres de la casa.

 

Continuará…

El pianito ficticio

junio 20th, 2016 Autor: Merari

A mi hermana Liccy y a mí nos hubiera gustado mucho estudiar piano, era uno de nuestros sueños, que tristemente, no se vio cumplido.  No había cómo pagar esos estudios.  No recuerdo cómo, pero sí sé que mi padre consiguió a un señor que nos dio algunas clases, y como no teníamos piano, forró una tabla con cartulina blanca y le pintó un bello teclado que invitaba a tocarlo.  Aunque sin sonido, aquel era nuestro querido piano ficticio.

Antes, habíamos tenido un lindo piano pequeñito, con su sonido peculiar que nos embelesaba.  Era un piano que tenía patitas enroscadas, ya he escrito acerca de eso.  Cuando en unas navidades se lo trajeron de regalo, a una de mis  hermanas y ella se sacrificó y me lo dio a mí, esa ternura no la olvidaré jamás.

 

En este pianito ficticio tocábamos  lindas cancioncitas que aprendimos, con oídos más atentos a la imaginación, que a las notas.  Creo que todavía nos acordamos de algunas.  Nos enseñó a solfear y conocer algunas notas.  Y así, pasando los días, fue quedando atrás nuestro lindo sueño, de ser pianistas que, gracias a Dios, después le fue concedido a nuestra hermana pequeña, quien pudo graduarse y logró su bachillerato con mucho esfuerzo, sacrificio y constancia.

Otro de mis sueños desde niña era escribir, pero parece que yo lo veía también imposible y descarté la idea.  Lo guardé en mi corazón y como era tan importante para mí, no lo decía, tal vez temiendo a que se burlaran de mi idea y lo tomaran como algo de una persona soñadora.

El problema de mis pies no me dejaba apenas ir a estudiar, pero en las noches yo conversaba, como niña al fin, con alguna estrellita que la llamaba el lucero de mis pensamientos.  Así titulé un cuentecito que escribí para los niños.

Se agolpan en mi mente ¡tantos recuerdos!  Jugaba con mis hermanas a ver quién veía más figuritas en las nubes blancas y espesas.  Veíamos ositos, ballenas, algunos angelitos…  Así se nos iban las horas, y nosotros, en nuestro maravilloso mundo de ensueños.

 

Continuará…

La paciencia de mi papá

junio 13th, 2016 Autor: Merari

 

“La paciencia es un ejercicio de amor, fe, y humildad que hace crecer a las personas”.

Nosotros somos ocho hermanos, la mayor se llama Rodes, después nació Suni, la tercera soy yo, Merari, Liccy la cuarta, Milca la quinta, el sexto Roberto, séptimo Arturo y por último Orfa, la pequeña. Mi papá ya era bastante mayor cuando nació mi hermanito, el más pequeño de los varones.  Así que su nacimiento puso eufórico a mi padre. Cuando aprendió a caminar  él lo llevaba a todas partes. Siempre andaban juntos, tomados de la mano.  Algunas personas en la calle le gritaban: “¡Cómo se quieren a los nietos! Y él, radiante, seguía con su niño.  Los dos se entendían a las mil maravillas.  Le contestaba todas las preguntas, de esas que inquietan a un pequeño, y ese padre paciente le daba unas buenas y largas explicaciones.  Aquel niño con hambre de saber se las bebía con el mismo gusto que el sediento que bebe un vaso de agua fría para mitigar su sed.  Así iba creciendo el niño y adquiriendo conocimiento.  SS. Francisco dijo: “La caridad, la paciencia y la ternura son un gran tesoro.  Quien lo tiene, lo comparte con los demás”.

Aquel hermanito nos despertó a todos el deseo de quererlo y cuidarlo.  Cuando todavía no sabía hablar, le llamaba a todo “lepe”, y cuando quería diferenciar a lepe de otra cosa, lo llamaba “lepa”.  Él nos alegraba a todos. Patinaba como una persona mayor. Sabía deslizarse increíblemente.  Aquellas eran unas buenas horas de expansión. Era travieso, siempre recordaremos cuando, no sé cómo, agarró una lata de lusbrillante y tomó un poquito.  Todos pensamos que se moría.   Mi mamá elevó una oración, suplicando misericordia, al que todo lo puede y la respuesta divina no se hizo esperar, enseguida vomitó lo que había ingerido.  ¡Cuántos milagros recibimos de Dios en los hogares donde hay padres llenos de fe! Los niños, en su inocencia se exponen constantemente al peligro.  Verdad que es el ángel de Jehová que los defiende y cuida.  Nunca dejen de presentar ante Dios, a sus hijos, porque Dios vela por ellos.  Nosotros, por más cuidadosos que seamos, no podemos abarcar todos los peligros que ellos mismos se buscan.  En el Salmo 127.1 leemos: “Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican.  Si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guarda”.

Continuará…