En Union City

septiembre 11th, 2016 Autor: Merari

Pasado un tiempo en Tampa, nos fuimos para New Jersey. ¡Qué vida tan diferente! Teníamos que pasar un puente para ir a New York. Impresionante con sus imponentes rascacielos y sus montones de tiendas y restaurantes.  Donde quiera que miraras había movimiento.  Ahí comíamos las pizzas más sabrosas que hay, preparadas por italianos. Y los exquisitos perros calientes en Coney Island ¡Qué vida más agitada! Muy diferente a las costumbres nuestras.  Qué manera de haber gente por todas partes.  Tal parece que vas a chocar en cualquier momento, pero al fin sales ileso.  Vivimos muchos años en New Jersey, porque mi papá compró un edificio en un lindo y tranquilo lugar llamado Hoboken.   

Suni, mi hermana, aprendió a manejar y en un carrito que compró la familia, salíamos a nuestra obra misionera y podíamos de esa manera movernos a los distintos lugares. Liccy, mi otra hermana, y yo, ayudábamos a Samuel Mendiondo en la oficina que estaba en Union City, pues el era el encargado de esa zona del norte, mientras que Florentino trabajaba desde Miami. Ellos en ese tiempo dirigían la iglesia.

 Un dia vino de visitael apóstol Florentino con algunos misioneros, fue  a visitarnos y me trajo de regreso a Miami, donde vivía mi tío Alberto con su hija Ester a quien cariñosamente le llamamos Teté. Ella más que una prima fue como una hermana para mí, nunca olvidaré cómo compartía todo conmigo, hasta las gavetas de su cuarto, con todo lo que tenía adentro, no carecí de cosa alguna. ¿Cómo pueden haber personas tan desprendidas, dadivosas, cariñosas y buenas? Nos unimos para todo, me sentí en casa. El amor se conoce por sus frutos, por las obras que inspira, por las actitudes que promueve. Aquí también se aplica la regla propuesta por nuestro Señor: “Por sus frutos los conoceréis”.

El don más grande que da Dios al corazón humano es el de sepultar su egoísmo mientras su alma se enciende y ama. Si quieres ser amado, decía Séneca, ama.

“Si está dentro de nosotros la raíz del amor, ninguna otra cosa sino el bien podrá salir de tal raíz”.

 

Continuará…

Volví a Miami

septiembre 4th, 2016 Autor: Merari

En mi vuelta a Miami me hospedé en casa de mi querida familia, Florentino y su esposa Mirtha ¡Qué manera de ser atentos y especiales!  siempre los he admirado. Mirtha tiene una dulzura innata y es una mujer tierna y amorosa que todo el que pasara por su lado era envuelto en ese aire fresco de bondad y cariño, ya está gastadita por los años que no perdonan, fríamente golpean sin piedad. Allí también estaba el querido Abel Luis. Viví en el cuarto con Judith, mi hermana y amiga, hace algún tiempo en su cumpleaños le escribí una carta que comparto con Uds. y así tendrán una mejor idea de los días agradables que pasé con mi familia.

 

“Querida Amiga:

¡Cómo ha pasado el tiempo!  Ya somos abuelas.  Quién nos lo hubiera dicho en aquel tiempo que ni novios teníamos.  Creo que ya Daniel me estaba guiñando el ojo, pero aún no se atrevía a lanzarse –creo que le tenía miedo a la hija de un Mondéjar-.  Me parece que fue ayer cuando juntas competíamos en un concurso de la iglesia en el que había que leer la Biblia en tres días.  Me ganaste y yo era feliz sólo con poder competir a tu lado. ¡Cuánto amor puro y desinteresado!  Todavía conservo el diploma que me dieron. Judita, ¿lo recuerdas?  Por las noches me escondía en un closet de ropa para no molestar a los que dormían, con una luz, para poder adelantar en mi lectura.  ¡Qué días aquellos!  Jóvenes, amigas de verdad, como hermanas, compartiendo risas, ideas, juegos, en fin, tantas cosas sanas y lindas.  ¿Te acuerdas que a Abel Luis se le ocurrió una noche ponerse una máscara iluminada e irnos a visitar al cuarto?  ¡Uf, que susto me dio aquello!  Por poco no me repongo.  Temblaba como una hoja de un árbol azotada por un terrible vendaval, pero me abrazaste y estuviste conmigo hasta que me mejoré.  Después él asustado fue a tratar de consolarme.  ¿Qué pensaba, que nunca iba a dejar de temblar?  Me imagino que los minutos se le hacían eternos, porque así nos pasa cuando necesitamos salir de una dificultad; la palidez de su rostro me lo decía.   “¿Qué hice?”, se preguntaría una y mil veces…

Recuerdo que compartiste tu casa conmigo y allí fui muy feliz con ustedes. Fuiste conmigo como una hermana.  Siempre me sentí querida por ti y por tus padres Florentino y Mirta, aunque Florentino dice que ya no soy su preferida, porque mi hermana Liccy me quitó el lugar, con sus finas atenciones.  Pero yo no le hago caso y me sigo sintiendo como la favorita suya…  Y como Liccy es mi hermana, ¡se lo perdono!

Siempre fuiste tan atenta con todos.  Sorprendiéndonos con llamadas telefónicas con palabras de cariño, nos regalabas tarjetas, libros, organizabas fiestas de cumpleaños, y hoy… Hoy nos embelleces el Rincón con las “Perlas de mi Tesoro”. Siempre que leo un escrito tuyo aquí me parece estar viéndote sonriente.  ¡Cómo cantabas y cómo te gustaba y te gusta cantar!  Siempre predicando la Palabra con gracia y poder.

Le pido a Dios que en este día especial de tu cumpleaños, esté a tu lado, llenando tu corazón de paz y del gozo de los hijos de Dios.  Recuerda, Judita, que a veces las nubes opacarán la claridad de los cielos, que nunca eso te impida mirar hacia arriba, de donde único vamos a recibir el consuelo…

Te quiero de verdad, como una hermana, como mi dulce y cariñosa amiga con quien sé que puedo contar sin titubeo.

¡Gózate hoy y sé feliz!  Es tu día.

Te quiere, Merari.

Continuará…

Tampa

agosto 29th, 2016 Autor: Merari

 “La felicidad no es la ausencia de problemas, pero sí la habilidad de enfrentarlos y solucionarlos”. Cuando llegamos a Tampa todos nos enfermamos, porque antes de salir de Cuba nos pusieron una vacuna en el brazo, que acabó con nosotros, el dolor era insoportable y nos dio mucha fiebre. Pero cuando nos mejoramos nos incorporamos y comenzamos a hacerle frente a la vida, en un nuevo país, libres de la opresión del comunismo. ¡Gloria a Dios!

También en ese lugar fuimos muy bien atendidos por la familia Peña, Orlando su esposa Ana, y sus queridos hijos, que se distinguieron siempre por sus finas atenciones para con el prójimo. Alguien dijo: “El tesoro que podremos llevarnos al cielo es todo lo que hemos recibido de Dios y hemos compartido con los demás”.

Peña cocinaba muy bien y nos elaboraba sabrosas comidas, que degustábamos de muy  buena gana.  Ya él se nos fue, pero sus obras, quedarán en nuestro corazón, para siempre, pues  “Es cuando nos olvidamos de nosotros, cuando hacemos cosas que merecen ser recordadas”.

Naara, su hija mayor, se esmeró con su generosidad. Nos preparaba deliciosas golosinas, nos paseaba por la ciudad, para que conociéramos.  Fue la que nos  enseñó cómo se realizaba aquí, la obra misionera. ¡Cómo se agradece el buen trato y la buena voluntad!  

El idioma en inglés nos tenía a mal traer.  Recuerdo cómo nos reímos en una ocasión que nos llevó  a un centro comercial y una señora se me acercó y me preguntó algo, no me acuerdo exactamente qué, pero  yo le pedí a Naara que me tradujera, que no entendía nada, y la señora me dice: “¡Niña, te estoy hablando en español!” Me parecía que nadie hablaba mi idioma y que cada vez que alguien me hablaba, tenían que traducirme. Esa es una de las tantas notas jocosas, que tuvimos en este país.  

Una vez mi hermana Liccy pidió que la llevaran a trabajar misionero al expressway, pensando que era un nombre de una tienda. ¡Cómo nos divertíamos! 

“Nunca dejemos que alguien se acerque a nosotros y no se vaya mejor y más feliz. Lo más importante no es lo que damos, sino el amor que ponemos al dar. Halla tu tiempo para practicar la caridad. Es la llave del Paraíso”.

Continuará…

 

Llegamos a Miami

agosto 22nd, 2016 Autor: Merari

Después de dos largos años de trabajo duro, en esos campos, nos llegó la salida para los Estados Unidos. No hay palabras para describir la alegría que sentimos y al mismo tiempo tristeza, pues partíamos a un lugar de libertad, pero desconocido para nosotros e íbamos a dejar nuestro país para siempre. En la ciudad de Matanzas nos hicieron nuestros hermanos de la iglesia junto a la familia, una hermosa despedida, donde derramamos muchas lágrimas.

Llegamos al aeropuerto, y subimos al avión.  Dios nos concedió el privilegio de que pudiéramos salir toda la familia. Mi padre siempre nos decía que si por algún motivo, alguno de nosotros no pudiera salir, todos nos quedaríamos. Pues muchas familias fueron separadas por esa razón. Éramos diez en total, ocho hermanos y mis padres.

Jamás olvidaré el día que llegué.  Cuando comencé a ver las bellezas y abundancia de los EE.UU.  Todo me asombraba.  Las tiendas del aeropuerto con primores de cosas, que nunca imaginamos ver.  Yo no salía de mi embeleso.  Llegaron a recogernos al aeropuerto, nuestro  amado primo Joel, con el  querido tío Alberto, junto a otros muy apreciados hermanos, como Florentino y Samuel, para llevarnos  a casa. Cuando llegamos nos encontramos con la tía  Filomena, esposa de Alberto y su hija Ester, a quien le decimos cariñosamente Teté. Nos estaban esperando con la mesa preparada, comida en abundancia, y para beber, unas sabrosas matervas frias.  ¡Qué exquisitez! Yo me sentía como en un sueño, un cuento en el que de pronto dejaríamos de ver todo eso y regresaríamos a la vida de antes.

Pasamos ese fin de semana en Miami y después, nos llevaron a Tampa, Florida, porque había un lugar más amplio, para una familia grande como la nuestra.  Allí vivían otras familias.  Margot, mi tía por parte de padre, con su esposo José Isabel Caraza y la menor de sus hijas Noemí. También estaban Cecilio y su esposa Coralia con sus dos hijos pequeños.  Nosotros guardamos en nuestro corazón las atenciones finas de Coralia.  Su amor para recibirnos y sus buenas acciones, una verdadera cristiana. Mi recuerdo es que ella hizo más de lo que podía por nosotros, creo que el arroz con pollo más delicioso, que he comido fue hecho por esta gran sierva de Dios, para toda mi familia, con una mesa exquisitamente arreglada.  Ella cumplía los requisitos de la amistad, según el poeta: “Un verdadero amigo es una mano que se extiende, una sonrisa que nos anima, una mirada que nos comprende, una palabra que nos consuela y un abrazo que nos sostiene”. 

Continuará.

Un testimonio de fe

agosto 15th, 2016 Autor: Merari

En el albergue, como ya dije antes, nos dejaban ir los fines de semana a nuestra casa, pero algunas veces nos “castigaban” y entonces no nos dejaban salir los viernes. Uno de esos  sábados de “castigo” temprano en la mañana, llegó la noticia que venía un ciclón, y tenían que evacuar a las mujeres de ahí y llevarlas a la ciudad, como la vez anterior.  Pero como era sábado a mis dos hermanas, Rode y Suni, no pudieron convencerlas para que subieran a los camiones.  Los guardias le dijeron que si se quedaban allí iban a morir, porque no había otra manera de salir de ese lugar, ya que los ríos se desbordaban y todo se inundaba.  Una compañera de trabajo les dijo: “Si yo las vuelvo a ver, voy a creer que sí hay un Dios”.  Así se fueron todas, y ellas dos quedaron, al parecer solas, pero “el ángel de Jehová, acampa en derredor de los que le temen y los defiende”. ¡Aleluya! Comenzó la lluvia y debajo de esa lluvia, ellas  comenzaron a caminar.  Tenían que pasar un río, que estaba debajo de una loma donde había un puente.  Pero no sabían dónde se hallaba el puente, pues debido a la cantidad de agua, todo parecía río.  Cuando pensaron que ya era la puesta del sol, se pararon para elevar una oración a Dios, como es nuestra costumbre.  Le imploraron al Señor, que como en la antigüedad, cuando Él permitió que pasara el pueblo de Israel en seco, tuviera también misericordia de ellas y que bajaran las aguas para que  pudieran pasar. ¡Qué absurdo parecía todo! ¡Pedir que bajara el agua cuando todavía seguía lloviendo a cántaros! Pero Dios las escuchó. Terminando de despedir el sábado, ahí delante de sus ojos el agua del río comenzó a bajar.  Lograron ver donde estaba el puente.  Glorificando a Dios se tomaron de las manos, y cruzaron el puente.  Una vez hubieron pasado a la otra parte, miraron atrás y el río comenzó a crecer nuevamente hasta llegar a cubrirlo todo. Después, se enteraron que los camiones que salieron en la mañana con todas las mujeres del albergue, no pudieron cruzar el río, porque estaba todo inundado, y habían buscado un camino más largo para poder llegar al pueblo. Yo escribo esto después de tantos años y sigo conmovida derramando lágrimas de agradecimiento a mi buen Dios.  Pues este testimonio nos ha llenado de fe y nos ha ayudado en los momento más difíciles de nuestras vidas. 

Ellas siguieron caminando  y a lo lejos vieron una luz y se acercaron. Era una casa, tocaron y una amable señora les abrió.  Quiero decirles que el gobierno había prohibido a las personas de aquel lugar que abrieran las puertas de sus casas, para ayudarnos.  Cuando la señora las vio, no podía creer lo que veía.  Haber pasado aquel río creciente, a los ojos humanos, era imposible. Ella quiso prepararles algo de comer, y que descansaran, pero ellas le dijeron que tenían que seguir para ver si alguien podía llevarlas a la ciudad para llegar a su casa.  Y así dejaron llena de asombro a aquella buena mujer.  Cuál no sería la sorpresa de mis padres al verlas llegar esa noche, ellos estaban de rodillas, implorando al cielo por ellas.

Aquel testimonio de las muchachas que cruzaron el río, y que Dios las libró, se regó como pólvora por todos los lugares. ¿Qué podemos decir? Alabado sea el nombre del Señor por los siglos y para siempre.

Continuará…

 

Todavía en el albergue

agosto 2nd, 2016 Autor: Merari

A mi casa visitaba un joven llamado Joaquín Abreu,  poco  tiempo después, decidió aceptar a Cristo como su Salvador y fue sumergido en las aguas del bautismo, llegó a ser un fiel miembro de nuestra iglesia.  Estando todavía mis hermanas y yo en el albergue, dieron permiso, para que nuestros familiares y amigos nos visitaran los miércoles.  Mi mamá, trataba de conseguir pan para ese día, lo rebanaba con esmero y lo tostaba ricamente, con cuidado lo guardaba en unas bolsas bien cerradas, para que nos llegaran crujientes. Nos preparaba una sabrosa comida, y entonces nos mandaba esas ricuras con Joaquín, que nosotras esperábamos con muchas ansias, no solo por las delicias que nos traía, para satisfacer nuestra hambre, sino también porque él siempre se quedaba un buen rato con nosotras conversando y eso nos consolaba el alma. Así que los miércoles era día de fiesta.  ¡Qué alegría en medio de tantos sinsabores!

Al pasar los días en ese triste lugar, me enfermé por el fertilizante (Paratión) que le echaban a aquellos campos sembrados.  Me dio una alergia tan fuerte que me tuvieron que mandar al hospital.  Cuando el Doctor me vio se quedó impactado, porque me encontró muy joven, como si fuera  una niña.  Me dijo: “Tu mamá se equivocó en la fecha de tu nacimiento, pues parece que tienes nueve años”.  Entonces escribió que yo necesitaba reposo absoluto para sanarme, y no podía seguir en ese trabajo.  Así que después de seis meses trabajando en esos campos de concentración, me despedí de mis hermanas y de las amistades que había hecho en ese lugar, y partí para mi casa, glorificando a Dios.

Mis hermanas tuvieron hermosos testimonios del poder de Dios en ese horrendo lugar, que quiero compartir con uds.

En una ocasión vino un terrible ciclón, y no podían quedarse en el albergue, así que empezaron los guardias a levantarlas a todas para subirlas al camión y sacarlas de ahí, tenían que ir por carreteras muy estrechas que tenían a la orilla un precipicio. Como llovía  tanto el camión se atascó en el fango. Hicieron bajar a todas la mujeres para ver si podían de esa manera sacarlo del fanguero en que estaba atascado. Ya se podrán imaginar el miedo y la desesperación que tenían esas pobres mujeres, daban gritos de horror, pensando que iban a morir. Pero entonces ahí estaba la mujer de fe, mi hermana mayor Rode, se arrodilló y comenzó a orar suplicando la ayuda de Dios, en ese mismo instante vio una mano grande que las abrazaba y escuchó una voz potente que le dijo: “Mi mano para proteger, para cuidar y para guiar”.  Ella les dijo a todas lo que el Señor le había mostrado y el llanto cesó. Pudieron salir de ahí vencedoras y con más fe en su corazón. Bendito sea el nombre del Señor. 

Continuará…

Batallón número cuatro

julio 24th, 2016 Autor: Merari

Al poco tiempo de cumplir los quince años, llegó un aviso imprevisto a mi casa. A todas las personas que queríamos  salir del país, nos iban a llevar a los campos de concentración a trabajar para el gobierno.  A mi papá, mis dos hermanas mayores y a mí no nos quedaba más remedio que cumplir, ya que de eso dependía nuestra salida de Cuba.  Mi mamá se iba a quedar con sus niños más chicos.  Llegó el día.  Fue un lunes inolvidable.  Todas las madres reunidas en un parque veían a sus hijos y esposos partir muy lejos de sus casas.

No había un rostro sin lágrimas en aquel parque.  A mi papá lo llevaron a un lugar llamado Cantarrana a cortar caña por quince días.  Después de los quince días lo dejaban quedarse con su familia el fin de semana. Y otra vez el lunes, se repetía la historia en el parque, al campo a trabajar por quince días más.

 

A nosotros nos llevaban a un lugar llamado Los Tramojos.  Eran lugares incomunicados y lejos.  Nuestro trabajo consistía en arrancar la hierba que crecía en los surcos de siembra.  Bajo un sol ardiente íbamos limpiando surco tras surco.  Por la tarde, a coser hojas de tabaco, en palos.

 

Fueron días de angustia.  Nos pusieron en un albergue enorme a cientos de mujeres por batallones.  Yo pertenecía al batallón número cuatro.  En la madrugada yo podía oír los gritos: “Batallón número cuatro… en pie”.  Teníamos que hacer todo en unos minutos y salir a subir los enormes camiones llenos de mujeres, como reces, para transportarnos a los campos de trabajo.  Cuando llegaba la tarde nos traían al albergue y teníamos quince minutos para bañarnos.  Si nos demorábamos más nos sacaban como estuviéramos, así que había que volar para hacer todo en el tiempo que teníamos.  Después caminábamos a un comedor que nos quedaba a unos diez a veinte minutos, para tomar nuestros alimentos.  Las semanas que daban alimentos inmundos nosotros no podíamos comerlos, así que se los regalábamos a alguna muchacha y seguíamos nuestro camino.  Por la noche nos llevaban a hacer trabajos voluntarios a otros albergues hasta las doce de la noche.

 

Así pasaron dos años y dos meses en los que tuvimos serios problemas, sobre todo por motivos de nuestras creencias cristianas. Ellos querían que trabajáramos los sábados, y nosotras observábamos el sábado como día de descanso, según dice la Biblia.  A la puesta del sol el viernes ya era sábado para nosotras, y ellos no nos dejaban salir.  Pero nos mantuvimos firmes, tan firmes, que estábamos dispuestas a dar nuestra vida por el nombre de Jesús.  Y aunque nos castigaron, no trabajamos nunca un sábado. 

 

Como no nos dejaban salir el viernes, para ir a la casa nos quedábamos solas, hasta la puesta del sol del sábado, entonces caminábamos a ver quién pasaba y nos dejaba en el pueblo, para poder tomar un carro hasta nuestra casa.  Cuando ellos vieron que no había castigo que nos moviera a desobedecer la palabra de Dios, nos dejaron salir los viernes para estar junto a los nuestros y regresar los lunes otra vez.   ¡Cuánto sufrimos! Pero siempre teníamos a Dios con nosotros. Bendito sea Su nombre.  Él peleó nuestras batallas, y aquí estamos.

Continuará…

 

Mi bautismo

julio 18th, 2016 Autor: Merari

La edad requerida en la iglesia para bautizarce es a los doce años. Así que al  cumplir mis doce años mi papá me bautizó,  y cuando tuve trece años, quise esperar en la promesa del Consolador.  Eran tiempos difíciles. Porque el sistema comunista que comenzaba a gobernar en la isla no toleraba la religión. Por ese motivo los cristianos fuimos muy perseguidos en ese tiempo. Cerraron muchas iglesias, otras fueron quemandas, nos gritaban en las calles “batiblancos”, por nuestro uniforme que es todo blanco. No nos daban libertad de expresión.  Recuerdo una noche que rodearon nuestra casa y gritaban, disparando tiros.  Aquello fue horrible.  Todas estábamos temblando junto a mis padres, hasta que se fueron.  ¡Qué susto! Nos enfermamos del estómago.  Se hacía dificultoso, no siempre podíamos reunirnos para celebrar cultos de espera en la promesa divina.  Luché para que mis padres me llevaran a la ciudad de Colón, para participar de los cultos que en ese tiempo se celebraban allí.  Fuimos mi hermana Suni y yo.  Y cuál no fue mi alegría cuando me declararon ungida.  Así dice mi mensaje: “Por la senda de los justos andarán los humildes y resplandecerán en mi gloria.  Son fuertes y robustos los pequeñitos y humildes, porque en ellos se ve la grandeza de la justicia”.

¡Qué gozo había en mi corazón! De ahí me llevaron a  Playa de Baracoa, para dar mi voto como misionera.  Yo no estaba preparada económicamente, pero mis tías me iban a conseguir las ropas y zapatos, que en ese tiempo no era nada fácil, pero mi tía Eugenia cosía, y me preparó los uniformes.  Los zapatos eran negros, porque allá era imposible conseguir zapatos blancos, pero los despintaron dándole lija y los pintaron de blanco.  Los transformaron y parecía que siempre habían sido blancos.  De una forma u otra el Señor suplía nuestras necesidades. En mi mente se atropellan hermosos recuerdos de aquel día cuando dedique mi vida al Señor. Yo contaba trece años y a pesar de ser una niña, creía comprender bien el propósito.

         Para ser discípulo hay que ser disciplinado, dedicar tiempo, pagar el precio, estar dispuesto, seguir al Maestro, llevar una vida de sujeción y obediencia.  ¡Yo estaba dispuesta!  Tuve un llamado en mi corazón que me ardía como una llama.  Ya han pasado muchos años, cumpli 51 años de entrega al servicio del Señor, y todavía arde mi corazón como el primer día.  Puedo decir que Él cambió mis temores e indecisiones, por valor y entrega. De todas las decisiones que he tenido que hacer a través de los años, esta ha sido la mejor.  Es lo más hermoso que me ha pasado.  Él nunca me ha fallado.  Es el único que me conoce bien y me ama, a pesar de mi fealdad y mis defectos.  Él aboga al Padre por mí cuando estoy en necesidad.  

Mi petición es, que siempre yo esté dispuesta a darle a Él, el primer lugar en mi vida, porque yo creo que esa es la única manera de agradecerle por su sacrificio en el Calvario. Que me permita estar aquí sirviéndole, hasta mi último suspiro.  Que Él en su amor, me deje  cumplir muchos años más…

Estuve allí hasta los catorce años.  Pasé la escuela preparatoria de discípulos y regresé de nuevo a mi casa. Cuando cumplí los quince años no pudieron celebrármelos. Con la ilusión y el anhelo que yo esperaba, como cualquier muchacha, esa linda edad. No tenían ni un pedacito de pastel, eran tiempos muy duros.  Allí el gobierno daba una tarjeta para comprar alimentos una vez al mes y se podía comprar solamente lo que tocara  y nada más.  No tengo en mi memoria ni un regalo de ese día tan especial para mí. 

Así pasaban los días uno tras otro, y nuestra vida se deslizaba suave y hermosa, obedeciendo a Dios y guardando su Palabra.  En medio de personas incrédulas, en un país que quería ahogar nuestras creencias, la fe en nosotros fue creciendo día a día por la gracia del Señor Jesucristo.

Continuará… 

 

En Jovellanos

julio 11th, 2016 Autor: Merari

Jovellanos se llama el lugar donde vivió mi abuelita Petronita, por parte de padre. Era la única abuelita que teníamos, porque la madre de mi mamá murió siendo joven, al ser atropellada por un ómnibus.  Petronita era delgadita y temblorosita.  Por todo lloraba, pero era la ancianita más dulce que he conocido.  Ella vivía con Gloria, su hija,  la hermana de mi papá, que estaba casada con el gallego Fernández, el hablaba que daba gusto oírlo, por el acento español que tenía.  Mis tíos tenían tres hijos, la pequeña se llama Eva, quien cuidó de ellos siempre hasta el último suspiro. ¡Qué hija! Sé que ella tiene su lugar seguro en el cielo.  Yo la recuerdo llena de obras buenas.  Hasta el día de hoy sigue siendo así.  Cualquier perro o gato abandonado, ahí está ella dándoles de comer y cuidándolos con esmero. Dios sea siempre con esas personas que se preocupan por las necesidades de los demás.

 

“El amor al prójimo como a sí mismo es inseparable del amor a Dios, porque el prójimo es mi hermano al ser hijo del mismo Padre, que lo ama como a mí. No podemos no amar a quien Dios ama”, dijo Jesús Álvarez.

Y Aderico Dolzani ha dicho que “cada uno de nosotros tiene muchos límites personales, pero, cuando nos ponemos al servicio de los demás, nos multiplicamos, y muchas deficiencias desaparecen”.

Pasé unos días muy buenos con la familia.  Elizabeth, la hermana de Eva, a quien decimos cariñosamente la Gallega, es una mujer con una simpatía innata. Es muy divertida y donde ella está abunda la risa y el buen carácter.   El gallego, el hermano que se llamaba Isaac, hace poco murió.  Era también muy agradable y nos llevábamos bien.  En ese tiempo, como todos éramos pequeños, nos divertíamos con distintos juegos que improvisábamos. 

 

También recuerdo que allí en Jovellanos, por primera vez, subí a un tren.  Con una señora a quien llamaban cariñosamente “la negra”. ¡Qué paseo tan agradable! Ella me regaló el vestido más lindo que recuerdo haber tenido cuando cumplí mis doce años.  Todavía lo puedo visualizar.  Tenía mangas, lo que me permitía usarlo para la iglesia.

En mi casa me estaban esperando para bautizarme, pues ya tenía la edad requerida yo quería que mi papá me bautizara.  Así que llegó el día de mi regreso a casa.

 

Continuará

Las cuevas de Bellamar

julio 4th, 2016 Autor: Merari

Tengo en mi memoria unos días maravillosos que pasé en Matanzas, en casa de mi tío José Rangel, su esposa Graciela y sus seis hijos. Admiraba ese lindo matrimonio de Pepito y Gracielita, como les decíamos cariñosamente, pues se querían mucho, eran un matrimonio ejemplar.  Yo me pasaba mucho tiempo con mis primitos haciéndoles cuentos, y me entretenía jugando con ellos.   

Allí estaba viviendo en ese tiempo mi hermana mayor, quien servía ayudando en la iglesia que era bastante grande y tenían mucho trabajo.  

También se encontraba ahí,  Coralia, que todavía no se había casado con Cecilio, y era una muy buena amiguita mía.  Ella me socorrió muchas veces en mis necesidades.  También conocí a la linda Eloísa, muy querida por mi familia, que era una distinguida miembro de nuestra iglesia. Es la madre de nuestro querido Apóstol Miguel Rodriguez.

Tengo un lindo recuerdo de ese tiempo, pues tuve la oportunidad de ir a las cuevas de Bellamar.  ¡Qué impresionante vista!  ¡Qué cosas tan bellas! Cuando nos encontrábamos en mitad de las cuevas el guía apagó la luz y… ¡Qué susto! Se oyó una terrible gritería. El temor se apoderó de nosotros por la oscuridad. La verdad es que eso estaba imponente.  Fue un viaje inolvidable.

Después de pasado un tiempo de esos hermosos días, tuvimos una noticia muy triste. Mi tío  Arturo, que era el apóstol de la iglesia en ese tiempo, junto a  José  su hermano, y Eliodoro Castillo, un evangelista de nuestra iglesia, habían desaparecido.  ¡Cuánto dolor!  Sus esposas, Migdalia, Graciela y Lidia, fueron de cárcel en cárcel, por toda la isla de Cuba, para ver si les daban noticias de lo que había sucedido con ellos,  pero hasta el día de hoy no se sabe qué pasó.  Sólo Dios sabe qué fue de ellos. Así es la vida en nuestra Cuba comunista. Mi abuelito por parte de madre, murió sin poder saber de sus dos hijos, pero se mantuvo fiel aquí en la iglesia.  Esas valientes mujeres sacaron adelante a sus hijos y hoy todavía siguen en la batalla del bien contra el mal.  Sus hijos en la iglesia perseverando con fe, como recompensa a su gigantesco trabajo.  ¡Aleluya! No puedo más que exclamar ¡Aleluya! A Su nombre.  

 

Continuará…